Objetivos de una terapia

(Texto extraído de madridpsicologia.com, autor Rafa Millán)

El principal objetivo de una terapia sería el de alcanzar una identidad más estable y más auténtica, una vida más plena y una verdad personal más honda. Ya se ve que las tres cosas son las misma, diferentes formas de referirnos a eso que metafóricamente podríamos llamar “salud” psicoemocional, y que es lo mínimo que puede esperarse de la vida. Es más, yo creo firmemente (y mi experiencia lo demuestra) que, si de verdad se quiere, casi siempre es posible alcanzar esa salud por desesperada que parezca la situación de partida. Al menos habría que “morir luchando” y nunca conformarse con el propio sufrimiento.

Dependiendo de las carencias específicas de cada uno, a esa “salud” podría llegarse de diferentes maneras. Lo normal es que la demanda inicial por la que se ha decidido iniciar una terapia y los objetivos que en ella se vayan planteando cambien y mucho según avanza el proceso, se madura y se profundiza en uno mismo. No obstante, podemos intentar aislar algunos de los objetivos terapéuticos más habituales:

– Liberar energías y afectos bloqueados o represados que, a pesar de ser propios, se hallaban como secuestrados, es decir, fuera del alcance y la voluntad de la persona que, hasta ese momento, se venía sintiendo cansada, hastiada o desmotivada, como si no dispusiera libremente de sí. Se trata de devolver a la persona lo que es suyo. Este proceso se parece a la recuperación de una larga convalecencia en la que nos vamos reencontrando con las fuerzas perdidas.

– Revitalizar, tonificar y descongestionar emocionalmente. Gastamos a veces mucho esfuerzo y dinero en tonificar y revitalizar nuestra piel o nuestro aspecto exterior; pero mucho más importante (incluso para el atractivo personal) es revitalizar y tonificar nuestra interioridad.

– Hallar las claves (hace tiempo perdidas) del propio malestar, y recuperar o construir las herramientas necesarias para enfrentarlo. O, dicho de otro modo, encontrar el mapa que conduce al tesoro de nosotros mismos.

– Hallar las claves (hace tiempo perdidas) del propio malestar, y recuperar o construir las herramientas necesarias para enfrentarlo. O, dicho de otro modo, encontrar el mapa que conduce al tesoro de nosotros mismos.

– Fortalecer las partes buenas y sanas del propio carácter, al tiempo que vamos disolviendo los terrones de dolor y sufrimiento que nos habitan. Hay que desechar o aceptar todo lo negativo, que es lo que hasta este momento nos viene confiriendo una pseudo-identidad falsa y dolosa.

Pero, como en la muda de la piel de la serpiente, no podremos deshacernos de lo viejo hasta que una nueva identidad no se halle ya lista para emerger, por lo que habrá que montar el armazón de una nueva forma de ser, sana y adulta, o lo que es lo mismo, habrá que construir una trama válida para sostener nuestras vidas, al menos una primera percha sólida y estable sobre la que ir colgando todas las demás.

En esta misma línea, la terapia persigue aclarar la propia identidad, saber quién es uno y acertar a vivirse firme y plenamente como tal, desde nuestro centro y desde nuestra verdad personal única e inalienable. Tal vez esto sería lo más esencial de todo el proceso: poder llegar a vivirse auténticamente, sin mentiras ni autoengaños. En definitiva, llegar a ser uno mismo y aceptar (y amar) lo que se es, poco o mucho (normalmente, más bien poco). O sea, asumir plena y humildemente la propia identidad.

– Conectar con un bienestar profundo, elástico y continuado, incluso en momentos de dolor o dificultad, de tal manera que casi nunca (o sólo en una situación realmente extrema) se sienta uno desbordado por las circunstancias e incapaz de hacerse cargo de la propia vida. O sea, sentirnos libres y ligeros, sin cargas que nos oneren.

– Controlar nuestra propia conducta y nuestros deseos, y no que ellos nos controlen a nosotros. Asumir la propia vida para protagonizarla y vivirla con plenitud en lugar de aspirar a protagonizar la vida de otro que se percibe como más bella o más rica que la propia. Es decir, superar las dependencias emocionales.

– Aprender a sostenerse uno mismo, y por sí mismo, sin necesidad de depender de nada ni internamente (pensamientos repetitivos u obsesivos, rituales de tranquilidad, etc.) ni externamente (sustancias, personas, etc.). O sea, tener la suficiente solidez como para sujetarnos (“ser sujetos”) a nosotros mismos y a nuestro mundo. Podría decirse que todos estamos obligados a ser el “atlas” que soporta el peso del mundo (de nuestro mundo) sobre las propias espaldas.

– Aprender a relacionarse adecuadamente con los demás: familiares, amigos, pareja… y aprender a dar y recibir lo justo, sin invadir a los demás ni dejarse invadir por ellos, sin exigir demasiado y sin darse demasiado (tanto que correríamos el riesgo de perdernos). Es decir, saber manejar y gestionar la dialéctica de lo propio y de lo ajeno.

– Administrar adecuadamente los medios y los fines (sin pagar enormes precios por ganancias ínfimas, normalmente de orden afectivo) y responsabilizarse maduramente de las consecuencias de nuestros actos. Una terapia casi siempre incluye un elemento de maduración, responsabilidad y crecimiento personal.

– Aceptarnos como somos, ni más ni menos, y reconciliarnos con el propio pasado, físico, edad, limitaciones, etc. O sea, aceptar lo que hay, sin idealizarse ni rebajarse. Podríamos llamar a esto una ducha “fría” de realidad.

 

(Texto extraído de madridpsicologia.com, autor Rafa Millán)

Sobre Shihabuddin

Psicólogo y escritor. Practicante del sufismo en la tariqat naqshbandi.