Para qué sirve una terapia

Encuentra tu luz

(Texto extraído de madridpsicologia.com, autor Rafa Millán)

No hay normas ni reglas fijas, y cada caso es único, pero podemos enumerar algunas de las funciones más habituales de una terapia:

– Descarga emocional: poder liberarte de la angustia o la ansiedad compartiendo con una persona sensible y cualificada (y válida para ello) todo aquello que te preocupa, te pesa, te carga, te onera, te angustia… incluso aquello que te avergüenza, sabiendo que no vas a ser juzgado sino, al contrario, escuchado, aceptado y querido incondicionalmente (al menos en las primeras fases). Dicho de otro modo: ofrecer un espacio de seguridad donde poder ir depositando todo lo que necesites y sacando a la luz lo que estaba oculto, a veces tan profundamente que ni tú mismo sabías que estaba ahí.

– Contención de la ansiedad: el terapeuta tiene que saber contener tu ansiedad y gestionar cualquier estado emocional, por negativo o explosivo que parezca. Es más, el mero hecho de poder actuar libremente delante de alguien puede resultar tremendamente terapéutico. Ser aceptado por otro es el primer paso para aceptarse uno mismo.

– Función espejo: ponerte delante una imagen sana y madura de ti mismo que puedas introyectar. El terapeuta tendrá que ser muy cuidadoso e intentar mantener la neutralidad para no inocularte sus propios sesgos, reflejándote una imagen deformada e inválida, como en un espejo de feria. En realidad, todos estos puntos podrían resumirse así: el terapeuta debe escucharte y comprenderte en tu singularidad concreta para poder devolverte lo que realmente eres (sin contaminarlo con sus propias concepciones de la vida)

– Ayudarte a encontrar las claves de ti mismo: el terapeuta, por su experiencia, puede orientarte y ayudarte a comprender partes de ti mismo o de tu conducta que pueden resultarte desconcertantes o extrañas, sobre todo esas conductas contra las que luchamos una y otra vez y de las que no parecemos poder liberarnos nunca (son “más fuertes que nosotros”). A veces hay estados de ánimo que te arrastran y contra los que, aparentemente, nada puedes hacer. Pero todo eso tiene una causa y un origen y existen medios para llegar a comprenderlo y combatirlo; una persona entrenada para ello podrá ponerte sobre la pista y ayudarte a encontrar las claves que te faltan.

Es decir, vale para comprendernos mejor. A veces, simplemente necesitas un armazón, un esqueleto sobre el que ir colocando vivencias fragmentarias que no acaban de integrarse. Un buen terapeuta tiene que saber qué hacer con esas vivencias y conectarlas entre sí formando un todo coherente y armónico, lleno de sentido.

– Dar ánimos y ganas de vivir. Inyectar vitalidad. Un buen terapeuta debería estar en contacto con las potencias creativas y vitales de su alma para saber señalártelas a ti y enseñarte a conectar con ellas. También, en los casos en los que haga falta, puede incluso “injertar” partes de su propia personalidad.

– Función parental. Casi siempre el problema hunde sus raíces en la educación temprana y en la primera infancia. Por eso el terapeuta tiene que suplir las carencias que se dieron encarnando los roles paterno y materno. Como se dice en algunas escuelas, ejercer la función materna (nutricia, amorosa) y paterna (dar la ley y poner los límites). Por supuesto, esto es una muleta provisional, y debe hacerse sólo hasta que la persona esté lo suficientemente fortalecida como para no necesitarlo y pueda darse ambas cosas a sí misma. Si no el resultado sería contraproducente, porque la persona podría engancharse emocionalmente con el terapeuta generando una dependencia emocional (neurosis de transferencia).

– Función existencial: Ayudarnos a aclarar nuestra “filosofía” vital, el sentido de nuestra vida. Es muy importante saber para qué vivimos, la vida nos sobra si no tenemos un porqué, un sentido o una dirección, por lo que nunca podremos estar seguros de si avanzamos o retrocedemos. Cuando un barco no sabe a qué puerto se dirige, no encuentra ningún viento favorable.

Cuando un barco no sabe a qué puerto se dirige, no encuentra ningún viento favorable.

– Campo de pruebas para la vida y para trabajar nuevas habilidades. En el espacio terapéutico puede ensayarse, con red de seguridad, aquello que se teme, y también empezar a desarrollar nuevas habilidades y características personales. Lo más habitual es aprender habilidades sociales o refinar las que se tienen, sobre todo en lo que se refiere a las relaciones con el otro sexo.

– Guía para el autoconocimiento profundo. Un buen terapeuta puede ejercer, hasta cierto punto (y sólo mientras sea estrictamente necesario), de guía vital o de “maestro existencial”. A través de ejercicios y de la interpretación de la vida profunda (sueños, deseos, fantasías), y por su propio conocimiento de la vida anímica, puede ofrecer un modelo válido que el paciente tome para sí.

– Otras funciones no menos importantes serían: descongestionar la parte emocional, escuchar activamente, comprender incondicionalmente, orientar, nutrir el alma (y hasta acariciarla si hace falta), ayudar a aclarar la propia trama psicofamiliar, investigar el origen de deseos, intereses y fantasías para aprender a controlarlos, etc.

 

(Texto extraído de madridpsicologia.com, autor Rafa Millán)

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Sobre Shihabuddin

Psicólogo y escritor. Practicante del sufismo en la tariqat naqshbandi.