Oscar Wilde en la cárcel

Oscar Wilde

Oscar Wilde fue un rebelde. Símbolo de la modernidad prometeica que quiere descender hasta el fondo de los abismos. Óscar fue uno de los grandes, y además impetuoso, y además tenaz. Se empeñó en vivir una vida de placeres y máscaras en un mundo cuya máscara era el moralismo y el rechazo al placer. Resultado: el joven y ocurrente Wilde, el irresistible orador, genio y persona influyente de su tiempo, acabó defenestrado por el deseo de venganza del padre de su amante Alfred Douglas, quien consiguió llevarlo a prisión durante dos años, a finales del siglo XIX. Culpable de sodomía.

Uno sigue la vida de Wilde y lo ve precipitarse a los abismos. Especialmente cuando inicia su relación con Sir Alfred Douglas. Quiere dejarlo, discuten, él toma muchas veces la decisión de no volver a verlo, pero la atracción por el abismo es demasiado fuerte. Siempre vuelve. El coche no tiene frenos; al fondo un acantilado. Después, la prisión.

El primer año en la cárcel fue un desastre. Óscar sólo pensaba en morirse. Se había dejado arrastrar, como reconocerá, por la atracción de la melancolía. Sabe que Dante ha llevado a los tristes al infierno, pero no encuentra otro sentido a la vida.

Un día le hizo una visita R. B. Haldane, y le dijo que quizá su desgracia pudiera ser una bendición para su vocación literaria. Wilde rompió a llorar. Empezó a leer los Evangelios en griego, a Flaubert, San Agustín, Pascal, Newman, y sobre todo a Dante. En los primeros meses de 1897 le escribió una carta a Sir Alfred Douglas (póstumamente publicada con el título De profundis) en la que se confesaba para intentar explicar y para renacer: el dolor sentido en la cárcel le había permitido conocer su alma. Donde hay dolor, hay terreno sagrado, dijo. Cuando uno queda completamente destruido, sólo queda la Absoluta Humildad. El Amor es la única explicación posible al sufrimiento. El estado de rebeldía cierra los cauces del alma y no deja entrar los aires del cielo.

Wilde se autoconvenció de que lo que estaba haciendo lo había llevado a la ruina. El diálogo contra la moral establecida que fue toda su obra anterior regresa ahora a los cauces de la sensatez. Quizá siempre luchó contra la moral porque se sentía demasiado culpable. Dicen que era afable, sensible y bueno; quizá sólo se le juzgará por lo que amó. “Todos estamos en la cloaca,- dijo-, pero algunos de nosotros miramos a las estrellas”.

 

Sobre mardia

Licenciada en Filología Hispánica y licenciada en Historia, Máster en Ciencias de las Religiones y doctoranda en Literatura Hispanoamericana, escritora, maestra Reiki federada y simpatizante de la escuela sufí Naqshbandi.