Sobre la Asesoría Filosófica

Más platón y menos Freud

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(Texto extraído de madridpsicologia.com, autor Rafa Millán)

Por supuesto, el elemento psicológico conformará el grueso de la terapia. Pero ningún proceso quedará bien cerrado sin una fase “filosófica o “humanista” que deje bien orientada a la persona y le dote de las herramientas necesarias para no recaer y para poder llevar una vida libre y autónoma. Es algo así como el último barniz que remata la terapia.

En la época clásica, la filosofía y la terapia no estaban tan separadas como en la actualidad. De hecho, pocas fórmulas me parecen más acertadas para definir terapia que la de algunos sofistas griegos:

      “Curar los males del alma a través de la palabra”.

El terapeuta tiene que saber algo de filosofía, sobre todo tiene que manejar el arte de Sócrates, la mayéutica. Mayéutica significa literalmente “alumbrar” (en el sentido de asistencia al parto). El terapeuta debe ayudar a alumbrar lo que está dentro del paciente luchando por salir, debe aliarse con el proceso natural que se está desarrollando sin contaminarlo con su propias concepciones. Digamos que hay que tener limpias las pinzas antes de operar.

La mayéutica es el arte de preguntar con neutralidad, sin sugerir la respuesta, sólo ayudando a la persona a ver más claro dentro de sí misma, a ir enfocando su problemática, a alumbrar su propia respuesta.

La mayeútica, junto a una actitud filosófica, nos serán útiles, especialmente; para esbozar las respuestas a las preguntas existenciales básicas. La actitud filosófica consiste en no ofrecer ninguna respuesta al paciente, sino en ayudarle a que él mismo encuentre las suyas y, como mucho, señalarle las contradicciones o falacias lógicas, si las hay, en su forma de ver las cosas.

Algunas de estas preguntas serán: ¿Quién soy yo? ¿Qué es el mundo?¿Qué puedo hacer?¿Qué debo hacer?¿Cuál es el sentido de mi vida?

– ¿Quién soy yo? Es decir, acabar de cuajar una identidad sólida como mínimo en sus dimensiones social, laboral, personal, amorosa y sexual.

– ¿Qué es el mundo? Es decir, ordenar una cosmovisión válida, coherente y sin contradicciones.

– ¿Qué puedo hacer? ¿Cuáles son los límites reales de mis fuerzas y capacidades, cuáles son mis valores y mis talentos, en qué puedo aportar más y de qué manera?

– ¿Qué debo hacer? Es decir, el desarrollo de una ética generada desde uno mismo (Luis Cencillo la llamará una ética autógena. No se puede vivir sin una ética, pero una vez más esta ética no puede imponerse desde fuera, sino que habrá que “alumbrarla” mayéuticamente desde dentro. Y para esto el terapeuta tiene que saber, como mínimo, fundamentar una ética y ayudar al paciente a que la realice. A veces no hay que complicarse demasiado y basta con que la persona comprenda que si no tiene el proyecto y la intención firme de ser buena persona, nunca podrá llegará a ser del todo feliz (a no ser que viva anestesiando continuamente);otras veces será necesario un desarrollo más elaborado, según la capacidad y las necesidades de cada persona.

– ¿Cuál es el sentido de mi vida? Haber encontrado un sentido existencial válido, claro y coherente. Esto, tal vez sea lo más importante. Sin un sentido vital no se puede vivir. Si no sabemos por qué o para qué vivimos, empezaremos a tener la desagradable sensación de vivir porque sí, de estar de más en el mundo, de sobrarnos a nosotros mismos.

Sin un sentido no podremos soportar la carga de la vida, ya que la vida tiene un peso específico que cargamos sobre nuestros hombros. Ese sentido tiene que ser algo a lo que merezca la pena entregarse, por lo que tendrá que ser algo más grande que la persona, algo que nos trascienda, que vaya más allá de nosotros y en lo que poder encajarnos como una pieza en el puzzle (de hecho, ésa es mi definición de sentido: el encaje armónico de la “parte” en el “todo”, como de una palabra en un texto o de una nota en una melodía).

La solución más habitual (y perfectamente válida) sería crear una familia, pero el sentido puede encontrarse en otras cosas: una obra social, filosófica o artística, una cierta entrega contemplativa o religiosa al mundo, una actitud filántropa, etc. Lo que desde luego no vale es dedicarse por completo “al propio placer” epidérmico y superficial o a acumular dinero. Esos motivos no tienen el fuste suficiente como para soportar el peso de una vida y antes o después acabarán resultando muy frustrantes.

Ninguna terapia estará completamente terminada si alguno de estos elementos cojea: ¿Quién soy yo? ¿Qué es el mundo?¿Qué puedo hacer?¿Qué debo hacer?¿Cuál es el sentido de mi vida?

 

(Texto extraído de madridpsicologia.com, autor Rafa Millán)

Sobre Shihabuddin

Psicólogo y escritor. Practicante del sufismo en la tariqat naqshbandi.