El modernismo y la oración del alba

Gómez Carrilló evocó sus sensaciones al escuchar la llamada a la oración musulmanaEnrique Gómez Carrillo (1873-1927), guatemalteco, fue el gran cronista del Modernismo. Vivió en París y amó París, viajó por el Oriente soñado por los poetas franceses, escribió sobre Japón, Turquía, Grecia, España, Jerusalén o Egipto. Siempre estuvo enamorado, aunque su mujer cambió muchas veces de rostro. Decía querer, sobre todo, acumular sensaciones, experimentar a fondo la vida, viajar para poder regresar a París. Durante su viaje a Tierra Santa, una madrugada lo despertó la llamada a la oración de un almuédano. Así la sintió:

A las cinco de la mañana, el almuédano me despierta anunciando el día. Pero el día no ha amanecido aún. La luna está siempre ahí, la luna enorme, la luna admirable, que ilumina la llanura y la aldea. Una palma destácase en medio de las casitas blancas y alza su penacho armonioso más arriba que el alminar de la mezquita. Una calma muy dulce, muy tibia, reina en el paisaje, haciendo más grata la belleza de los jardines, más amplia la majestad de la llanura. El murmullo de las fuentes y de las hojas es como un canto. El canto de los gallos parece venir de muy lejos, de muy lejos. Sólo el rezo del almuezín continúa llenando el espacio de extrañas sonoridades antes nunca oídas en ninguna ciudad musulmana, de sonoridades tan complicadas, que más parecen propias de nuestros grandes cantores malagueños que de un santo hombre de iglesia. Sube, en efecto, este canto auroral entre gorgoritos lentos, sube y se estremece en notas muy altas, repitiendo la misma palabra largamente, monótonamente, y luego, de pronto, como si algo se desplomara en la conciencia, cae hasta las más sordas notas bajas. El ronco “alá akbar” ritual se percibe, un minuto, recitado más que cantado. Pero, inmediatamente después, la voz vuelve a elevarse, temblando, muy alto, y las variaciones recomienzan, alejándose o acercándose, según el santo cantor dirige hacia el norte o hacia el sur sus endechas coránicas. Y ahora ya no parece querer bajar nunca más la voz aguda, la voz titilante… Como embriagada de sus propios trinos, la alondra del profeta sube, sube, vuela, llena de notas el aire y se mantiene así largo tiempo, largo tiempo… (…) Estas preces matutinas son verdaderamente los cánticos de la resurrección del día. ¡Cuánto daría yo por comprender las palabras interminables que se abren, y se estiran, y se estremecen en los labios del almuédano!”.

Enrique Gómez Carrillo, Jerusalén y La Tierra Santa, Guatemala, Editorial José María de Pineda Ibarra, 1965.

Sobre mardia

Licenciada en Filología Hispánica y licenciada en Historia, Máster en Ciencias de las Religiones y doctoranda en Literatura Hispanoamericana, escritora, maestra Reiki federada y simpatizante de la escuela sufí Naqshbandi.