El anillo de poder

Hoy tengo la necesidad de sacar algo de dentro. Si es luz o basura, no lo tengo muy claro. El bien y el mal se mezclan todo el rato en mi interior.

He vuelto a ver El señor de los anillos después de unos cuantos años (en versión extendida, cuando Abraham se iba a la cama, una horita cada día, nos ha llevado un par de semanas) y me ha sorprendido aún más que la primera vez. He entrado quizá mejor en sus matices. La profundidad de cada personaje me abisma (tan reales), la idea que sostiene la obra es una antropología hondísima del ser humano.

El caso es que veía a Frodo con el anillo colgado al cuello y lo sentía en mi cuello tirando también de mí. Cada segundo de mi existencia. El deseo de poder es lo que metamorfosea de modo más claro nuestro Dios interior en demonio. Del corazón al ego, un puente. Nos pasamos la vida recorriéndolo, de un lado al otro para mal de nosotros y mal del mundo y del otro al uno para reencontrar el hogar, atisbar el amor, comprender la verdad. Voluntad de separación o anhelo de unidad. De eso se trata.

Y entonces el destino me pone delante de un sueño que me hace tomar conciencia de algo importante. Los personajes luminosos de El señor de los anillos son dignos porque saben cuál es su lugar, y lo ocupan. Los hobbits se ven sorprendidos por tener asignado un papel mucho más decisivo del que esperaban. Sólo Frodo puede llevar el anillo, eso lo saben todos; Sam es elevado por su lealtad y su amor; y Pippin y Meriadoc desarrollan al máximo sus dones y alcanzan como pocos el honor, participando incluso en la batalla. Conocen y reconocen sus límites y es eso lo que les hace héroes. Eso lo que encandila a mi corazón enfrentándose a su historia.

La necesidad de destruir el anillo NO implica que Aragorn tenga que volverse anarquista. Muy al contrario: el poder debe ser para el que haya vencido al anhelo de poder. Para el que ame más, en definitiva. Para el que esté más en contacto con su corazón. Para quien no se aferre al anillo.

Gracias a Dios he encontrado un maestro cuyo poder emana de esa grandeza. Y gracias a Dios voy comprendiendo en qué medida estoy lejos de ocupar mi lugar y cómo trabajar para acercarme a él. Siento que muchas veces cedo para evitar conflictos. Siento que cuando eso ocurre yo también me vuelvo esclava del anillo. Es apasionante la lucha diaria por no aferrarse a él. Y muchos días, casi todos los días, mi corazón pierde la partida. Pido perdón a Dios por todo ello. Y le doy las gracias por utilizar mis errores para enseñarme. Amor en estado puro.

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Sobre mardia

Licenciada en Filología Hispánica y licenciada en Historia, Máster en Ciencias de las Religiones y doctoranda en Literatura Hispanoamericana, escritora, maestra Reiki federada y simpatizante de la escuela sufí Naqshbandi.