Conectar con nuestra propia autenticidad.

(Texto extraído de www.madridpsicologia.com)

Muchas veces les pido a mis pacientes, especialmente a los que me parece que están un poco desconectados emocionalmente, que intenten algo tan aparentemente sencillo como tomarse en serio a sí mismos, vivir desde el centro, desde la parte más auténtica de sí (de hecho, no merece la pena vivir de otro modo); les pido queentren en contacto con lo más profundo de sus corazones. Pero la mayoría no saben cómo hacerlo o llevan tanto tiempo sin conectar consigo mismos que intentarlo les resulta difícil o doloroso.

En estos casos suelo proponer un ejercicio muy sencillo, pero muy potente:

 

Siéntate tranquilamente, relájate, coge un papel y un boli y escríbete una carta a ti mismo. ¿Qué te dirías? ¿Qué te responderías?

 

Muchos no saben ni cómo empezar, pero normalmente basta con darles el permiso para escribir (por ejemplo sugiriendo la primera línea) para que estallen en llanto, prueba inequívoca de que se han topado con un núcleo de dolor no resuelto y del que han venido huyendo hasta ahora. Normalmente la frase que sugiero (intentando ser lo menos directivo posible) es, simplemente: “Querido Rafa” (o el nombre por el que cada persona se llame a sí misma).

 

Una manera de profundizar todavía más y de dar aún más calado a este ejercicio, sobre todo cuando la persona me dice que no sabe cómo ser auténtica, es recordar una época de nuestra vida en la que sí lo fuimos, es decir, la infancia. Ahora el ejercicio es aún más fuerte (aunque he descubierto que personalidades muy desconectadas ni siquiera son capaces de recordar cómo se sentían en la infancia o en la adolescencia).

 

Y así nos sentamos a escribir una carta al niño que fuimos. ¿Qué le diremos, en qué términos nos dirigiremos a él, qué sentimientos y qué reacciones nos provoca? ¿Hemos sido fieles a sus ideales o le hemos traicionado? ¿Nos sentimos culpables por no haber intentado cumplir nuestro sueños o, al contrario, estamos satisfechos con cómo hemos venido dirigiendo nuestra vida hasta el presente?, etc.

 

Es muy posible que tomemos conciencia de que, en algún momento, erramos el camino, es decir, de que en algún momento empezamos a alejarnos de nosotros mismos, a perdernos en la espesura. Si es así, sería muy conveniente profundizar en ese sentimiento, por muy doloroso que resulte. ¿Somos capaces de aislar el momento o los momentos en los que perdimos la autenticidad/inocencia? ¿Cómo paso? ¿Qué hicimos y por qué? ¿Cómo lo justificamos ante nosotros mismos?¿Qué significa, para nosotros, ser auténtico o inocente?

 

Por supuesto puede ocurrir (lo que, evidentemente es muy excepcional en la clínica) que la práctica de este ejercicio nos deje reconfortados y revitalizados y que nos permita recuperar apaciblemente aquellas sensaciones de autenticidad y de viveza. Puede que incluso nos sintamos orgullosos de haber ido consiguiendo las metas que nos propusimos o de haber sabido renunciar a ellas maduramente. En estos casos aún solemos conservar una cierta sensación de sana inocencia que, en cierto grado, es esencial para una vida plena (ojo, inocencia, que no ingenuidad).

 

Por supuesto, una parte muy importante de la carta puede referirse a nuestra actual y pasada relación con los padres, lo que suele aportar claves importantes sobre nuestra manera de relacionarnos actualmente con otras personas de nuestra vida, especialmente con la pareja si la hay, los amigos íntimos y las figuras de autoridad.

 

Tomar conciencia del profundo vínculo entre las relaciones tempranas y las actuales resulta muy revelador. Es decir, ¿de qué manera nos ha influido nuestra relación con los padres a la hora de vivir las relaciones (más o menos difíciles) de la actualidad? Así podremos observar si estamos intentando suplir alguna carencia de entonces o sobrecompensar algo. Sólo por darnos cuenta de esto puede merecer la pena una terpia. Y, después de la impresión inicial, resulta tremendamente liberador, ya que podremos explicarnos sentimientos y conductas hacia los demás que, a lo mejor, no entendíamos del todo.

 

Este ejercicio puede llevarnos mucho tiempo, a veces incluso varias sesiones, pero después del mismo planteo otro complementario con el anterior y que arrojará mucha luz sobre el sentido de aquél. Ahora, una vez que hemos tomado conciencia de quién es ese niño al que la carta está dirigida, hagamos el ejercicio inverso: ¿qué te diría a ti ese niño si fuera él quien te escribiera?

 

Aquí puede haber toda una serie de reacciones. A veces el niño es más tolerante y comprensivo de lo que somos de adultos y otras veces el niño machaca al adulto sin piedad por no haber sido capaz de serle fiel, es decir, de sernos fieles a nosotros mismos. Y es ese “nosotros mismos” el que señala al núcleo de la propia autenticidadQueda representado por la vivencia del niño que fuimos. No olvidemos que ése es el sentido del ejercicio, qué nos diría a nosotros nuestra parte más auténtica. Por supuesto, hay que tener cuidado de no confundir las cosas, puede que si la vivencia de nuestro niño interior es la de un dictador sádico sea necesario estudiar detenidamente las causas de esa agresividad infantil, muy probablemente causada por traumas anteriores o por una relación paterna muy disfuncional.

 

Siempre es interesante pulsar el estado de nuestro niño interior. ¿Cómo se encuentra? ¿Nos anima o nos obstaculiza? ¿Está orgulloso o resentido con nosotros? ¿Está contento y se sigue desarrollando o está triste y deprimido?…

Escribir cartas, u otros ejercicios como éste, pueden ser muy útiles para entrar en contacto o en relación con partes de nosotros mismos a las que habitualmente no miramos. Como terapeuta, lo que más me interesa es entrar en contacto con lo más auténtico, con lo que haya de verdadero dentro de nosotros mismos para, desde ahí, poder empezar a construir. De hecho, hago este ejercicio tan pronto como puedo con la mayoría de mis pacientes, buscando esa primera piedra, ese cimiento de verdad personal sobre el que podamos empezar a construir una identidad válida sin riesgo de derrumbe posterior.

 

Otra posibilidad, sobre todo para los creyentes, consiste en escribirle a Dios, o a la concepción que tenga cada uno del Absoluto. La idea es entrar en contacto con aquello a lo que no podemos engañar ni con lo que no podemos hacer extraños juegos porque ya lo sabe todo de nosotros mismos. Por supuesto, puede hacerse incluso con ateos; esto suele poner de manifiesto los mecanismos de autoengaño, los dobleces, los prejuicios y las mentiras que esa instancia omnisapiente (Dios) sabe de nosotros, queramos o no, y ante la que no podemos ocultarnos. A veces así salen a flote contenidos ocultos que, de otro modo, hubieran tardado más tiempo en emerger.

 

No es necesario decir que este ejercicio no debe hacerse con personalidades muy desestructuradas o con tendencias paranoides, pero, fuera de eso, es un ejercicio sano para todo el mundo, especialmente para aquéllos que no acaban de sentirse plenamente conectados consigo mismos.

 

Algunas instrucciones para realizarlo:

 

Coge papel y lápiz o un ordenador, como te sea más cómodo.

 

Realiza el ejercicio de conexión con el centro. Respira hondo varias veces intentando no pensar en nada, simplemente siente cada una de tus respiraciones. Sitúa tu atención en el cuerpo y no en la mente, sobre todo en el pecho, a la altura del corazón. Déjate sentir lo que hay allí, lo que te salga, sin distorsionarlo ni juzgarlo; que tu mente no tape tu corazón. Esos sentimientos no son buenos ni malos, son lo que son, no los adulteres poniéndoles palabras. Deja pasar por lo menos un par de minutos dedicado sólo a sentirte a ti mismo.

 

Sólo tienes que intentar ser sincero y auténtico.Escribe una primera carta de la extensión que desees, no te cortes en decir y en contar todo lo que quieras de todos los ámbitos de tu vida.

 

Una vez que tengas esa primera carta recuerda que por la máquina sólo puede pasar un papel, así que cuando acabes la carta larga intenta sintetizarla en una sola cara. ¿Qué es lo esencial de lo que te has dicho? ¡No pierdas esta oportunidad de hablar contigo mismo!

 

Cuando hayas acabado, aparca la carta en algún sitio. Si la has escrito con el ordenador, mejor imprímela para tener un objeto físico y poder guardarlo. Deja que repose dos o tres días. Estáte atento a tus sueños de esos días y a tus sensaciones y sincronías. Luego vuelve a leerla.Aún tienes otra oportunidad de cambiar algo. ¿Has sido totalmente sincero? (recuerda que escribes sólo para ti y que engañarte no tiene sentido, sólo te hará perder tiempo y sufrir más). ¿Cambiarías algo de la carta? ¿Tienen relación algunos de tus sueños o vivencias de estos días con los contenidos de la carta? Si has sido sincero, es muy posible que así sea. A veces los sueños corrigen o amplían información.

 

En un segundo momento, al menos un par de días después de la revisión, haz el ejercicio inverso. ¿Qué te diría a ti, con tu edad actual, aquel niño que fuiste, si pudiera escribirte una sola carta?

 

Ahora intenta recordarte de pequeño, pero una vez más no lo hagas desde la mente sino desde el centro, desde el corazón, desde el sentimiento. Intenta sentirte tal y como te sentías entonces. Puedes utilizar cualquier recuerdo que te venga. ¿Qué personas hay a tu alrededor? ¿Dónde estás? ¿Qué sientes? ¿Qué quieres? ¿Cuál es la edad con la que te ves?

 

Probablemente esa edad, la que a ti te venga, sea aquélla con la que, por lo que sea, mejor te vendría entrar en contacto. Muchas veces he podido comprobar una sabiduría natural que nos guía justo a los momentos y los acontecimientos de nuestro pasado más relevantes o a aquéllos que aún están esperando solución. A veces sólo hay que tirar un poco del hilo para desatar el nudo. Así que si te viene algo, no intentes forzar las cosas, escúchate y atiende al mensaje que te estás dando a ti mismo, atiende a la sabiduría profunda de tu propio inconsciente. Si no te viene nada o no te ves en ninguna edad determinada, puedes verte con la que quieras, por ejemplo con 7 u 8 años.

 

Ahora imagina que tienes una máquina del tiempo por la que puedes hacer pasar sólo un papel. Al otro lado de la máquina estás tú mismo cuando tenías justo esa edad con la que te has visto.Intenta “meterte” en el ejercicio y creerte la situación al máximo. Otra persona puede ayudarte a ello (por ejemplo, leyéndote estas instrucciones). Ahora abre los ojos y empieza a escribirte una carta a ti mismo cuando tenías esa edad. Empieza con un “querido/a” seguido de tu nombre; y luego continúa como te salga, sin pensar demasiado ni pretender ser literario (ni tampoco lo contrario).

 

Por supuesto, puedes jugar y adaptar este ejercicio como quieras. Ésta es sólo la forma que te propongo y como yo suelo realizarlo, pero a lo mejor tú quieres hacerlo como en una representación teatral o un psicodrama, interpretando ambos papeles; o puedes escribir un diálogo entre tu yo actual y tu yo niño, o, incluso interpretarlo (siempre que lo puedas grabar en audio o vídeo; para que luego puedas revisarlo), etc. En principio, recomiendo la sencillez y la espontaneidad (pero tal vez en ti lo espontáneo sea ser complejo), lo que importa son los contenidos y no la calidad o la originalidad del ejercicio.

Todos los elementos que te ayuden a meterte en el papel: recordar juegos, juguetes, personas, amigos de entonces, familiares o fotos, pueden ser útiles.

 

Éste es un ejercicio catártico muy fuerte. Si te da miedo o no te sientes preparado, mejor no lo hagas tú solo y realízalo con la ayuda de alguna persona cualificada o en la que confíes.

 

Rafa Millán (Pincha para currículum y contacto)

 

(Texto extraído de www.madridpsicologia.com)

Sobre Shihabuddin

Psicólogo y escritor. Practicante del sufismo en la tariqat naqshbandi.