Un Relato Iniciático Tántriko

UN RELATO INICIÁTICO TÁNTRIKO

 Por Abdul Matin

 

Ahora voy a contarte una historia:

 En el comienzo de los tiempos, la Diosa Primordial o Adi Shakti asumió una triple forma: como esposa del creador, Brahma, tomó la forma de Sarasvati; como la esposa del sustentador, Vishnu, tomó la forma de Lakhsmi, y como esposa del destructor, Shiva, adoptó la forma de Gauri.

 Con el tiempo, el universo llegó a estar poblado de seres espirituales, algunos de ellos muy elevados, como los devas (dioses), pero otros muy inferiores, como los asuras (demonios). Aquí tengo que decirte que es posible que la idea que tienes de un asura-demonio no sea exactamente la misma que la de la tradición hindú. Los asuras podían ser totalmente leales entre ellos, fieles con la familia y el clan, llevar a cabo actos realmente heroicos con los suyos, morir por un amigo o pariente,…También podían practicar el yoga y las austeridades hasta conmover a algún Dios (generalmente Brahma), que les bendecía con diversos dones o siddhis (poderes yóguicos). Y esto es lo que hicieron los Halahalas, un grupo de asuras que albergaban una gran codicia en su corazón, y comenzaron a realizar duras prácticas meditativas e intensas austeridades, hasta que Brahma, el Creador, conmovido, les concedió diversos poderes (siddhis). Esto no era ninguna novedad, sino un rasgo característico de Brahma, del que en numerosas ocasiones acababa arrepintiéndose. Por hacer esto, también solía meter en dificultades a los otros devas.

 En cuanto que les fueron otorgados los siddhis (poderes), los Halahala le dijeron a Brahma: ¡Gracias!, salieron corriendo, y empezaron a crear problemas y alboroto. Se lanzaron a la conquista del universo. Invadieron los cielos, la tierra y las regiones del infamundo. Llegaron incluso a echar al dios Shiva de la Montaña Kailash. También tomaron las regiones del Vaikhunta, la morada del dios Vishnu, donde van las almas que obtuvieron moksha (la liberación espiritual), y que le adoran. Todos estaban conmocionados en los tres mundos.

Entonces Shiva y Vishnu, los dos dioses principales, se encontraron y acordaron ir a la guerra contra los asuras Halahala. Reunieron un gran ejército, Vishnu sus tropas celestiales, y Shiva sus tropas, que no eran tan celestiales, precisamente. El ejército de Shiva está compuesto por los Ganas, que son las hordas de espectros, fantasmas, duendes, vampiros, ogros y espíritus. Ellos son muy terribles, y algunos viven en el Monte Kailash, mientras otros tienen su lugar de morada en los cementerios y crematorios.

Los dos ejércitos, el de Shiva y Vishnu, y el de los Halahala, se encontraban uno frente al otro, preparados para la guerra. Los gritos de los guerreros y de las bestias de combate que montaban helaban la sangre y llegaban a todas partes del mundo. La batalla fue memorable, y aún se relata en todas partes del cielo y el inframundo. Duró 60 000 años humanos. Mientras todo esto pasaba, Brahma simplemente permanecía sentado y esperaba que los otros hicieran lo apropiado.

Y finalmente los dioses salieron vencedores. Cuando muchos Halahalas había muerto, y el último de los supervivientes huyó aterrorizado, Vishnu y Shiva volvieron a sus hogares, con sus esposas. Se quitaron las armaduras y guardaron las armas, y celebraron una gran festividad, en la que comieron y bebieron. Se sentían completamente animados y felices. Vishnu le decía a Shiva: “¿me has visto en el combate? Con mi disco mágico los he cortado en pedazos”. Shiva respondía, “muy bien hecho, Vishnu, ¿has visto como yo los destruía a todos? Nadie puede vencernos, somos los más grandes”. Y Vishnu contestaba: “somos los dioses supremos, no hay nadie que pueda conquistarnos”.

Pero sus esposas les dijeron: “¡Ja! ¿quién os dio el poder para vencerlos? ¿quién os otorga valor, coraje y fuerza, sino Shakti? Y los dioses respondieron: “¡Venga ya! ¿Acaso no lo hicimos todo nosotros?” Y Ellas se rieron a carcajadas y les dijeron: “¡seguro! ¡Ahora sabréis lo que podéis hacer sin nosotras, pretenciosos! ¡Vais a saber lo que es bueno”.

Y sin decir ni una sóla palabra más, Lakshmi y Gauri desaparecieron.

 Inmediatamente, Ellos perdieron Su refulgencia espiritual, coraje y poder, y comenzaron a vagar desorientados por el mundo como si fueran locos, o estuvieran bebidos. Verlos en ese estado preocupó profundamente a Brahma, porque sin el poder de Sus Shaktis Ellos no podían realizar Sus respectivas funciones de mantener y destruir el universo, y ya había otros grupos de asuras que se estaban dando cuenta de esto y se preparaban para volver a crear problemas. Se volvían a divisar nubes de tormenta en el horizonte.

Pero Brahma pensaba y pensaba y no encontraba la forma de poner solución al problema. Así que cerró los ojos y penetró profundamente en Su propio interior, en la cueva del corazón (hridaya), donde sólo resplandece la Verdad, y allí vio a Parashakti (el poder supremo, la diosa suprema), y supo que Ella estaba muy enfadada con Ellos y les había retirado su refulgencia espiritual. Comprendió que ahora Él tendría que hacer las funciones de los tres, de creación, sustentación y destrucción, ya que Shiva estaba como engañado y Vishnu iba por ahí como un loco. Como te puedes imaginar, aquello no le gustó en absoluto. Y los demás dioses, claro está, se hallaban muy, muy preocupados.

Así que todos se reunieron para realizar un gran sacrificio a Parashakti, que fue oficiado por Daksa, un Prajapati (dios creador). Todos ellos se fueron a las faldas de los Himalayas y comenzaron a recitar el mantra “Hrim”, un mantra-semilla (bija mantra) muy poderoso perteneciente a MahaShakti. Hicieron esto durante 100 000 años, hasta que la Gran Diosa se complació en aparecer. Parashakti se manifestó en Sus corazones, en la forma de satchitananda, como ser, consciencia y bienaventuranza, con cuatro brazos. En dos de ellos sostenía la soga y la aguijada del elefante. Con los otros dos hacia los gestos (mudras) de disipar los temores y otorgar bendiciones. Parashakti les dijo: “¡Escuchad, oh, dioses! Vuestras miserias van a acabar. Lakshmi volverá a aparecer con el elixir de la inmortalidad cuando el Océano de Leche sea batido, y Gauri renacerá de nuevo como la hija de Daksa”.

 No puedes imaginarte hasta qué punto se alegraron los devas. Todos quedaron muy complacidos, pero especialmente Daksa, ya que, aunque en los tiempos védicos había sido una divinidad mayor, ahora su fama había decaído bastante.

Ahora nuestra historia gira hacia otro personaje, el vidente (rsi) Durvasa. Él estaba meditando a orillas del río Jambu en un día auspicioso, cuando vio aparecer sobre el río a Parashakti. La historia nos cuenta que entonces él tuvo que controlar sus sentidos. ¿Estaba Ella desnuda?. Conmovido por la visión, Durvasa comenzó a recitar el bija mantra de Ella, “¡Hrim!”, por lo que la Diosa quedó enormemente complacida, y le obsequió con una guirnalda de jazmín. Tan dulce era el aroma que emanaba de la guirnalda, que un grupo de abejas volaron alrededor de las flores. Durvasa puso la guirnalda sobre su cabeza y fue a visitar a Daksa.

 Al llegar a la morada de Daksa, éste dijo:  “¿Qué maravillosa guirnalda llevas sobre la cabeza?”. Durvasa le replicó: “¿la quieres?”. “La acepto gustosamente”, dijo Daksa, “ya que cualquier cosa que sea deseada en los tres mundos le es otorgada a un devoto de la Diosa”. Y Daksa cogió la guirnalda y la puso sobre su almohada. Aquella noche, la fragancia de las flores en su almohada era tan dulce que no podía dormir. “Qué extraño”, pensaba Daksa, se sentía cada vez más acalorado y anhelante. Al final, tomó a su esposa y tuvo relaciones con ella. De su unión nació una bella hija, a la que llamaron Sati. Los designios de la Gran Diosa comenzaban a materializarse.

Sati creció rápidamente hasta que se hizo mayor, y sólo pensaba en casarse con el dios Shiva. La sola idea de que se casara con Shiva ponía enfermo a Daksa. Enloquecía sólo de pensar que su hija Sati, que era la misma encarnación de la diosa, abandonara su casa, y lo que era peor todavía, para marcharse con un dios como Shiva. Tengo que decirte en este momento, aunque probablemente lo deduces ya de ésta misma historia, o de otras que has leído, que Shiva no era precisamente el modelo de “príncipe azul” de los cuentos de hadas. Andaba por ahí como si fuera un loco, medio desnudo, cubierto de cenizas, fumaba drogas (era muy aficionado al bhang, una forma del cannabis), se aislaba en Su montaña, frecuentaba lugares como crematorios y cementerios, y cuya compañía era una horda de espectros, duendes y espíritus. Pero como Shiva era un dios, Daksa no podía hacer nada al respecto, y al final tuvo que ceder e invitarle a la corte, donde el dios de los ascetas se casó con Sati. Después, los dos se marcharon juntos a vivir a las montañas, y según dicen algunos sabios, estuvieron haciendo el amor durante 100 000 años.

Mucho tiempo después, Daksa dio una gran fiesta en su palacio, donde estaban multitud de seres espirituales. Los gandharbas tocaban música celestial, y las apsaras danzaban de forma deliciosa. Pero no invitó ni a Shiva, ni a Sati. Más tarde, Sati se enteró de que su padre iba a dar una gran fiesta, y no les había invitado. Esto hizo que se enfadara mucho. Verdaderamente, tenía ganas de armar un buen follón. Fue a donde estaba Shiva, y le dijo:

 “Mi padre va a dar una fiesta y no nos ha invitado, ¡estoy muy enfadada!”.

 “¿Y qué importa una fiesta?, mejor quedémonos aquí, que hace un bonito día”, dijo Shiva, ya que Él se sentía mucho más feliz en la jungla, o en lo alto de su montaña, que entre la alta sociedad (ya te he dicho que Shiva era un poco “especial”).

 “Iré, quieras o no”- replicó Sati.

 “Haz lo que quieras, pero con tu temperamento acabarás metiendo en dificultades a todos los implicados”, dijo Shiva.

 Así que Sati fue al palacio de Daksa y se presentó en la fiesta roja de la ira. Estaba a punto de estallar. Su padre, que esperaba todo esto, le mostró un gran desprecio, y hasta se negó a saludarla, haciendo como si no fuera su hija. Eso fue un gran error.

 Sati se encolerizaba cada vez más y más, hasta que se transformó en la terrible Kali, y maldijo a su padre, a los asistentes a la fiesta, y hasta los ofrecimientos del sacrificio. Después se consumió Ella misma quemándose en el fuego yóguico, cerró las nueve puertas de Su cuerpo, su mente se transformó en el mismo fuego, y su espíritu se liberó, elevándose a otro plano.

Después de todo esto, Shiva llegó a la escena, buscando a Sati. Al verla muerta, la rabia le inundó, y de su ser empezaron a manifestarse hordas de seres demoníacos, vampiros, fantasmas, y espíritus horripilantes, que comenzaron a chillar de júbilo. Daksa, con su altiva actitud, había sido como si abriera la caja de pandora: y ya no la podría cerrar. Los invitados de Daksa comenzaron a gritar horrorizados cuando vieron que las maléficas criaturas de Shiva  pisoteaban, arruinaban, profanaban y destruían los ofrecimientos. Los demonios danzaban burlonamente sobre los platos de las ofrendas. Al final, Shiva se aproximó a Daksha, le decapitó, y sobre su cuello puso la cabeza de una cabra que estaba en el sacrificio. De esta manera Daksa fue condenado a tener el aspecto de una cabra, que es lo que realmente era.

Después de esto, Shiva cogió el cuerpo inerte de Sati, lo alzó, y se marchó del lugar. Comenzó a caminar sin detenerse, por las más altas montañas, a través de los helados picos cubiertos de nieve, atravesó la oscuridad de la jungla, las ríos más sagrados, siempre con los miembros inertes de su querida esposa colgando de Sus hombros y las lagrimas cayendo de Sus ojos. Vagaba totalmente apesadumbrado, sin encontrar un lugar apropiado para dejar el cuerpo de su novia.

 Los demás dioses estaban muy preocupados, porque Shiva ya no hacía su función de destructor en el universo y no se podía mantener el orden cósmico, no atendía las oraciones de sus devotos, y los terribles asuras amenazaban con no poder ser contenidos.

Entonces Vishnu ideó un plan. Cada día, poco a poco para que Shiva no se diera cuenta, lanzaría su gran disco veloz como un rayo y cortaría uno de los miembros de Sati. Y así lo hizo. Cada día un miembro de Sati caía en un lugar diferente de la India, y en ese sitio se formaba un lugar sagrado, un santuario de adoración a la diosa, un centro de peregrinación para los sabios y los devotos. Estos santuarios son llamados “pithas”. El rostro de Sati cayó en Kasi, Su yoni en Kamarupa, y así en adelante. Se dice que hay 108 pithas o santuarios de la diosa, pero para aquellos que son capaces de ver con los ojos del espíritu, saben que Sati, lejos de estar en los brazos de la muerte, ha llegado a estar en la totalidad del mundo.

Cuando todos los miembros de Sati habían sido cortados, Shiva salió de aquel estado en el que estaba como hechizado, y entonces vio con claridad. Miro a Su alrededor, en las cuatro direcciones, y vio complacido como los lugares en los que habían caído los miembros de Su esposa se habían convertido en santuarios de adoración, a los que acudían los fieles y devotos para adorar a la diosa.

Así que Shiva volvió a las montañas, donde Él disfrutaba del frío, de la visión de las cumbres nevadas, de la soledad de las alturas, y entró en un estado de profunda meditación. Pasaron miles de años, muchos reinos se alzaron y después cayeron, comenzaron y finalizaron incontables dinastías, los devas y los asuras pelearon en muchas ocasiones.

Pero nuestra historia no ha terminado todavía. Los Himalayas tenían un rey, que se llamaba Himavat.  Himavat tenía su palacio en lo alto de las montañas, y desde allí arriba descendían los ríos sagrados, que con sus aguas nutrían a todos los seres de todos los planos. Himavat también tenía una hija. Se llamaba Parvati, y a diferencia del resto de los dioses y las diosas, Ella disfrutaba enormemente de caminar por las nevadas montañas, los valles y los picos elevados.

Un día, caminando por las montañas, se encontró con Shiva. El estaba desnudo, sentado sobre una piel de tigre en una asana (postura) yógica, untado con cenizas, y con serpientes alrededor de Su cuello y brazos. Sus ojos estaban semi-cerrados, sumergido en profunda meditación. Parvati se quedó observándole, Su mente se detuvo y se apartó del mundo. Entonces vio con claridad la verdad. Hacía mucho, mucho tiempo, Ella había sido Gauri, después Sati, y ahora Parvati.

 Entonces Ella se acercó a Shiva y comenzó a hablarle, pero el no salía del estado de trance en que se hallaba. Le habló una y otra vez, pero nada. Le tocó, y tampoco obtuvo ninguna respuesta. Sus ojos continuaban semi-cerrados, sumergidos en la profunda sabiduría de la vacuidad. Como si fuera un enorme pilar de piedra, Él permanecía inmutable, inmóvil.

 Como no conseguía nada por Sí misma, Parvati comenzó a orar a Kama, el dios del deseo, el amor y la lujuria. Kama era poderoso, había hecho surgir la creación, así que a lo mejor podría ayudarla. Kama acudió inmediatamente a la llamada de la Diosa de las Montañas, y, al ver a Shiva, el Señor del Yoga y de los ascetas en profundo trance, comenzó a reírse a carcajadas. ¡Vaya! Este tipo de diversiones eran las que le encantaban a nuestro travieso personaje. Kama cogió una flecha de flor, tensó su arco, murmuró un extraño mantra, y disparó.

En el mismo momento que la flecha tocó a Shiva, éste despertó de su meditación. Abrió su Tercer Ojo, y la ilusión y el engaño de Maya (Ilusión) desaparecieron. Kama fue completamente quemado y desintegrado por la Visión Interior del Tercer Ojo de Shiva.

Entonces Sus miradas, la de Shiva y Parvati, se encontraron, y el recuerdo retornó. Ellos se miraron el uno al otro, y en ese momento eterno la respiración del mundo se retuvo. Fue un gran momento, y cuando cosas así de extraordinarias suceden, los dioses acuden raudos alrededor a curiosear y ver que sucede. Cuando aparecieron, ¡qué buena noticia!. Vieron a Shiva y Parvati abrazados amorosamente. También vieron esa miserable pila de cenizas en el suelo, ¿de dónde había salido?. Al comprender que eran los restos de Kama, todos comenzaron a llorar desesperados, porque Kama, el dios del amor, la lujuria y el deseo, había perecido. Shiva, observando todo esto, estaba como desorientado.

 “Tu has matado a Kama con el fuego de Tu Tercer Ojo”, le dijo Parvati.

 “Oh, no sabía lo que hice, todo fue un accidente”, replicó Shiva.

 “¡Pues resucítale!”, dijeron Rati y otros dioses, que estaban apesadumbrados, como embotados, aburridos, porque el deseo no estaba presente en el mundo. Shiva miró la pira de cenizas, y permitió que la ilusión volviera al mundo. A través de su ojas, Shiva hizo resucitar a Kama, que resurgió de las cenizas feliz de abrazar la vida otra vez.

Shiva miró a Parvati, y Parvati miró a Shiva. Entonces Sus miradas se encontraron, y el deseo surgió en Su interior. Cuando los demás dioses les dejaron, Ellos todavía continuaban abrazados. Tenían toda la eternidad para unirse.

 MEDITACIÓN

 Esta historia está en el corazón de la esencia del Tantra y del mito tántriko. Es una historia de iniciación tántrika. Hay varias versiones, y ésta está basada en algunas de ellas, siendo la principal aquella encontrada en el Devi Bhagavatam. Este texto es el equivalente del Srimad Bhagavatam de la Tradición Vaishnava, pero en el culto Shakta de adoración a la Diosa.

Léela varias veces. Siéntate en una postura meditativa, si es posible. Si no, una silla estará bien. Cierra los ojos, y rememórala en tu mente, hasta que llegue a ser algo vivo en tu conciencia. Hasta que sea experiencia encarnada, hasta que la hayas hecho tuya. Añádele emoción y detalles, si quieres. Practica el trance con ella. Cuando esta historia esté viva en tu interior, verás que una sutil magia comienza a trabajar en tu mente.

Y como dicen los Naths:

Paz-Libertad-Felicidad

Sobre Abdul Matin

Interesado en el Sufismo, Tantra hindú y budista, Dzogchen, Vedanta, y en general en los sistemas no-duales. También soy estudiante de sánscrito y (recientemente) de árabe.