!!! Sheij Ahmed Dede, este jueves 1 de Marzo en MADRID !!!

Sheij Ahmed Dede, de nuevo en Madrid este Jueves 1 de Marzo dirigirá el diker, inshalLah, en el Oeste Celeste de Lavapiés. Calle Buenavista 18. Por supuesto, el encuentro es libre, abierto y gratuito.

Una nueva oportunidad de encontrarnos con este maestro y aprender de él. AlhamdulilLah. El viernes, inshalLah, hará el Yumu’a en la derga de La Vera. Y luego realizará el taller de giro en Béjar.

Miles de personas se están abriendo a la enseñanza de Mawlana y del sufismo en España a través de su barakah. Es una gran fortuna poder contar con él. AlhamdulilLah. Pronto los vídeos de la última visita. Con muchas sorpresas.

«Audhu bi-Llahi minash-Shaitan ir rajim. BismiLlah-ir Rahman ir Rahim»

“En el Espíritu todos somos uno, desde el interior únicamente existe el secreto del Amado,

puede que el ego domine, pero lo mejor es abandonar el ego y venir…

La Autentica Realidad se alcanza por la experiencia directa.

La experiencia directa por abandonar el ego y venir, quien quiera que seas

¡ven!, ¡ven! quien quiera que seas….

El Alma gira alrededor del Secreto del Amor

Micro y Macro se encuentran en Espíritu en este Secreto Océano Giratorio

¡Este es el poder del Amor!»

Sheik Ahmad Dedé

Autor: Shihabuddin

Psicólogo y escritor. Practicante del sufismo en la tariqat naqshbandi.

11 opiniones en “!!! Sheij Ahmed Dede, este jueves 1 de Marzo en MADRID !!!”

  1. Omraam M. Aivanhov ~ Sed los dueños de vuestra felicidad.

    ¿Por qué es tan dificil la felicidad? Porque la esperamos.

    Observaos y veréis: esperáis encontrar el gran amor, esperáis encontrar el éxito, esperáis la fortuna, la gloria, y si no vienen, os sentís desgraciados. Algunos incluso van a consultar a clarividentes, a astrólogos que les dicen: “Pues si, el amor vendrá, el éxito llegará. Dentro de seis meses, de un año, cuando tenga lugar determinado tránsito de planetas, o tal conjunción, ya veréis, todo cambiará”. Y de este modo, se tranquilizan, recobran la esperanza y siguen aguardando.

    Pues bien, la felicidad no es algo que dependa del exterior. La es un estado de conciencia que depende de nuestra correcta comprensión de las cosas. No hay que imaginarse que hemos venido a la tierra para vivir rodeados de facilidades, de placeres, y en la abundancia.

    Hemos venido a la tierra para aprender y para perfeccionarnos. Pero, ¿cómo perfeccionarnos sin tener cada día nuevos problemas que resolver? Es necesario que esto quede bien claro: la tierra es una escuela y, como en todas las escuelas, tan sólo aquellos que aprenden y progresan pueden ser felices. Así pues, no esperéis que la felicidad os llegue del exterior bajo la forma de encuentros o de condiciones favorables. La felicidad real, definitiva, sólo puede venir de nosotros mismos, de nuestra manera de considerar las cosas.

    Haced una comprobación: interrogad a las personas que poseen algunas de las ventajas materiales con las que vosotros tanto soñáis, y os confesarán que no son tan felices. Y si lo son, se debe a que ya poseen en su corazón y en su alma, elementos que les permiten apreciar su situación, y por lo tanto se sentirían igualmente felices en situaciones no tan envidiables. Por otra parte, muchas veces hemos podido constatar que no todos aquellos que se encuentran en una misma situación, reaccionan de la misma forma.

    Tomemos un ejemplo totalmente banal de la vida cotidiana: un embotellamiento. Observad la reacción de los automovilistas: uno se pone nervioso, toca el claxon e injuria a sus vecinos; otro, lee el periódico o escucha la radio; otro, charla con su acompañante, o la abraza si es su amada.

    Por último, otro -aunque mucho más raro- aprovecha este momento de espera para relajarse, armonizarse, concentrarse en sí mismo, unirse al Cielo y proyectar su amor y su luz a todos los seres de la tierra.

    Lo mismo ocurre en la mayoría de las circunstancias de la vida. Es, pues, en nuestra cabeza donde hay que hacer los reajustes… Nuestro pensamiento es el que actúa sobre nuestros estados de conciencia. Con un buen razonamiento, con una buena filosofia, podemos llegar a ser los dueños de nuestra felicidad. Y así, mientras los demás se enfadan, consumen y corrompen a cuantos están a su alrededor, vosotros, por el contrario, os fortalecéis, os enriquecéis y gracias a vuestras experiencias podréis después ayudar a los que os rodean con vuestros consejos, con vuestra actitud, con vuestra irradiación, e incluso, a veces, con vuestra sola presencia: con la fuerza, la luz y la paz que emanarán de vosotros.

    Que quede pues muy claro: no esperéis pasivamente que la felicidad os llegue del exterior.

    Por el contrario, sois vosotros los que debéis actuar y aplicar los métodos que os permitirán transformar las penas en alegrías, los fracasos en éxitos.

    Omraam Mikhaël Aïvanhov – EL DEBER de SER FELIZ

    Tags: Omraam M. Aivanhov, SED LOS DUEÑOS DE VUESTRA FELICIDAD

  2. EL MAESTRO CODIFICADO

    El Maestro Codificado, aún imperceptible para la mayor parte de vuestro mundo, entra en la mente de las masas sólo cuando un número suficiente de vosotros os hayáis depurado como para poder mantener su patrón vibratorio en vuestra frecuencia, lo que podemos decir que empieza a suceder en vuestro año terrestre de 2010.

    No se trata del «Mesías», ni tampoco tenemos la intención de presentarla como vuestro salvador, así que os pedimos que no entreguéis vuestro poder a esa posibilidad, pues ello significaría que habéis tergiversado por completo nuestro mensaje. Aquellos de vosotros que iniciasteis la tarea de depurar vuestro campo y os estáis liberando del miedo, habéis entendido que os encamináis en la dirección correcta, que os guía vuestra conciencia más elevada y que no hay nada externo que pueda hacerlo por vosotros.

    Vuestra concentración mental y la pureza de vuestra intención os guiarán por el desierto del invierno gaiano; vuestros sentimientos de comunidad y vuestro sentido de la totalidad permitirán que el planeta se sostenga durante la noche sin estrellas. Ya podéis descartar los sueños del Mesías y otros salvadores y ceder el paso al saber interior (vuestra fortaleza y sentido de propósito), con el cual cada uno de vosotros mantiene su propia frecuencia, mientras asumís la responsabilidad de todos los pensamientos que enviáis en las ondas, así como de cada una de vuestras obras, actos y palabras.

    Los trabajadores físicamente presentes están ahora a vuestra disposición para asistiros en el cambio y la depuración de las energías, y los verdaderos maestros están transmitiendo el mensaje.

    ¿Habéis sentido las ondas centelleantes de luz que pasan por vosotros?

    Sin duda, estáis sorprendidos de la aceleración que se está experimentando en muchos niveles, pues vuestra familia de cuerpos celestes no había conocido nunca una intensidad vibratoria semejante y, a su vez, todos los planetas de vuestro sistema solar han iniciado su metamorfosis. Todo está interrelacionado; cada criatura viva de vuestra Deidad Solar lo experimenta todo, desde los confines más lejanos de las órbitas exteriores hasta las esferas más recónditas del ser, y también allí, en la explosiva masa de la estrella gaseosa: vuestro Sol central.

    Actualmente, están pasando a primer plano nuevos pensadores revolucionarios en los campos de la astronomía y la astrología, quienes tendrán la lucidez necesaria para cartografiar las nuevas rutas, pues dentro de poco las relaciones de los cuerpos celestes asumirán proporciones alteradas, a medida que los planetas inicien sus agudos estados de transmutación, y los viejos paradigmas pierdan su vigencia. Los arquetipos se están transformando en entidades más complejas, y están surgiendo nuevos cuerpos de la oscuridad de lo inexplorado.

    A medida que vuestro Sol empieza su colapso, todo es atraído hacia dentro, y lo que aún no ha sido descubierto saldrá a la luz y luego viajará por el vórtice junto con vosotros.

    Hay líderes nuevos, iconos fuertes en quienes podéis depositar vuestra confianza; ellos os guiarán a través de los cataclismos de las realidades que se desmoronan y os llevarán a la calma. Hay madres y grupos de curación para nutrir y restituir las energías; hay visionarios e instrumentos dotados que traen la sabiduría. Otros se desempeñarán como guardianes de los registros y serán quienes lleven los códigos genéticos a la próxima dimensión.

    Están los Guardianes de la Tierra, quienes mantendrán la vibración de Gaia y facilitarán vuestra activación cuando vayáis a los sitios. Pero no os engañéis con imaginaciones de un gran salvador, pues ésa es simplemente una alegoría mítica. Como seres de luz, os congregaréis, y en los círculos sagrados de vuestra unión encontraréis protección y un refugio seguro en vuestro amor por Gaia y por todo lo que palpita con el latido del corazón del universo.

    Cuando en las páginas precedentes os presentamos al Maestro Codificado como aquel cuya misión es ayudar a guiaros de regreso a la luz, no fue nuestra intención dar a entender que se trata de un ser físico, aunque hay muchos a quienes les encantaría reclamar el título. Por este motivo, sólo nos referiremos a Ella de esa manera cuando sea necesario para cumplir con nuestro propósito en estas transmisiones, el cual consiste en iniciar la percepción de su presencia en esta difícil fase de vuestra evolución planetaria, y transmitir dicha conciencia a tantos seres humanos como sea posible para que podáis recibirla en vuestros corazones y aceptarla en la mente colectiva.

    Cuando hablamos del Maestro Codificado, nos referimos a un Maestro Ascendido que ha prestado sus servicios en muchos intervalos de conciencia del Ser Universal. Ella llega a vuestro reino como una especie de «partera» galáctica, cuya misión es ayudar en el renacimiento de vuestra Deidad Solar. Ya ha descendido desde más allá de la galaxia de Andrómeda, la décima dimensión, en preparación para lo que se requerirá de su parte: la tarea monumental de establecer los puntos de anclaje de los cuerpos celestes de vuestra Deidad Solar.

    Esto exige poderes mentales conscientes tan ajenos a nuestras capacidades, que nos sentimos un tanto sobrecogidos ante su magnitud, pues estamos hablando de una entidad cuya influencia afecta el curso de todo un sistema solar, a medida que éste pasa de un contexto dimensional a otro.

    Esta es una misión inimaginable, aun desde nuestra perspectiva, de modo que es inútil que tratemos de describirla en este punto de nuestro desarrollo común. Os podemos decir, no obstante, que Ella viene con el fin de abrir los portales de todos los cuerpos celestes en vuestro sistema solar y para establecer el enlace gravitatorio interplanetario necesario para el viaje por el gran vórtice de los cordones astrales del Ser Universal.

    Esto sucederá cuando las alineaciones galácticas y las conjunciones planetarias correspondientes coincidan con las coordenadas mayas. Ello involucra universos paralelos, seres celestes multidimensionales, y vuestra amada familia solar de planetas, lunas y asteroides, todos los cuales habrán llegado a la posición óptima en el punto de proyección maya del 21 de diciembre de 2012.

    En cuanto al descenso del Maestro Codificado, no deseamos insinuar que asume forma humana o que se cristaliza como materia; en verdad, una esencia vibratoria de semejante intensidad no puede condensarse en un cuerpo físico. Solamente, digamos, que sería como tratar de mantener un litro de uranio puro en una botella de plástico. Su esencia ya impregna vuestra atmósfera y está concentrada especialmente sobre los vórtices, pues es desde la Tierra que coordinará el enlace planetario.

    Dado que no experimentaréis al Maestro Codificado como una deidad física, os aconsejamos que no os fiéis de quienes alegarán ser testigos de su imagen en las formas abstractas de las nubes y los árboles. Ella está más allá de la forma, un ser de una magnitud vibratoria tan monumental que no puede haber una referencia visual específica o una palabra que la describa.

    Ella es esencia, una conciencia de la más pura intensidad en el desempeño de una misión: prestar asistencia en el renacimiento de una Deidad.

    Algunos de vosotros habéis empezado a conectaros con Ella en el nivel de la energía primaria, el primero de una serie de etapas de comunicación de creciente intensidad que pueden alcanzarse mediante un proceso gradual de alineaciones, pues tal es la inmensidad de su luz. La presencia llega hasta vuestra conciencia como un brillo extremadamente intenso, una iridiscencia radiante inexistente en vuestro actual espectro de la luz, pero tened la certeza de que cuando pase por vosotros lo reconoceréis.

    Muchos más se harán conscientes de su presencia a comienzos del nuevo milenio, y será ese propio brillo lo que despertará vuestra conciencia, una señal de que habréis llegado al Nivel Uno de aclimatación. Se trata de un color que percibiréis profundamente en vuestro interior, el cual penetra con el fin de crear las alteraciones necesarias a nivel subatómico; tal como en otras circunstancias de vuestra evolución habéis absorbido frecuencias de otras dimensiones que os han puesto en resonancia. El resplandor del Maestro Codificado penetra hasta la estructura subatómica de todos los seres del planeta y más allá, por todo el cuerpo de vuestra Deidad Solar, el preludio eufórico de vuestra transición final al próximo nivel.

    Si hoy, por medio de estas enseñanzas, tenéis conocimiento de esta entidad, entonces en este momento iniciáis vuestra percepción consciente de Ella, un paso preliminar para recibir los ajustes vibratorios, los cuales se iniciarán una vez que, simplemente, os permitáis considerar la posibilidad de tener a un ser semejante en vuestros pensamientos conscientes. Vuestra mente racional no aceptará esto de buena gana, pues aún es inconcebible para vosotros que pueda existir un ser de tal magnitud.

    Estamos describiendo a un Maestro Ascendido que resuena como una Deidad, y sabemos lo extremadamente difícil que es para la cultura occidental, aún esclavizada por sus religiones de raza blanca y dominio masculino, aceptar a la Diosa.

    Todos los seres se hacen más divinos en su proceso de ascensión por la espiral. Os pedimos que consideréis esta afirmación como un hecho en cuanto a lo espiritual. Así como transitáis el karma a medida que se manifiesta en vuestra vida física, de igual manera, como seres espirituales, evolucionáis y os convertís finalmente en esa incontenible vibración de luz de la luminaria: el alma evolucionada. Larga es la travesía hasta la iniciación; más larga aún hasta la maestría y más allá…, hasta la ascensión. Es el mismo sendero para todas las almas; el camino de regreso al Ser Supremo.

    Toda la creación está en ese estado de movilidad ascendente de transformación y de regreso a la Fuente. El Maestro Codificado ha llegado a ese punto de fusión; sin embargo, primero tiene que consagrar este acto final como conciencia individual: su contribución a la Gran Obra de alquimia.

    Éste es un proceso de curaciones y alineaciones gravitatorias que llevarán a vuestra Deidad Solar a través del túnel y, en la transición, el sistema solar entero se convierte en oro.

    Trydjya, nuestro instrumento, en este momento está siendo preparada para el Nivel Tres de aclimatación, lo cual aumentará su sinergia con las reverberaciones de la energía del Maestro. Esto facilitará aún más su interacción con este Consejo y con seres de dimensiones aún más elevadas, quienes iniciarán su comunicación con la Tierra en un futuro muy cercano.

    Esto forma parte del proceso continuo de armonización necesario para su futura labor como el instrumento de nuestra voz colectiva y oradora de los Días del Desierto. El Maestro Codificado viene para definir las alineaciones apropiadas que se requieren para garantizar que el tránsito se realice a salvo, restableciendo en el cuerpo de la Deidad Solar las frecuencias de sonido que ayudarán a mantener la cohesión de vuestro sistema solar, tal como los Seres Delfín han sostenido vuestros mares.

    Ella tiene los códigos de todos los vórtices clave de cada cuerpo celeste en vuestro sistema solar, y su misión consta de tres partes: purificará los meridianos de energía de la Deidad Solar, establecerá el enlace gravitatorio correcto entre los campos de fuerza de todos los cuerpos y, en cierto sentido, dirigirá la orquesta de esta sinfonía final.

    Entendemos que sin su intervención vuestro sistema solar se desintegraría, pues, a no ser que los cuerpos celestes hayan sido integrados dinámicamente, el efecto de sifón de ese paso magnético podría hacer que los planetas, lunas y grupos de asteroides se estrellen entre sí en una gran colisión galáctica, o lanzarlos a los cuadrantes más lejanos del espacio hiperdimensíonal. Otros, simplemente, podrían desaparecer en la zona gris «entre» dimensiones, la suerte más indeseable para todas las almas en transición.

    La zona gris se puede comparar con la niebla más densa, una nebulosa impenetrable entre la vida y la muerte, donde el alma que no ha tenido resolución puede quedar atrapada entre la materia y el espíritu durante las fases de transición del proceso de la muerte. Tened la certeza de que no os gustaría estar en este lugar, ni como unidades individuales en vuestros propios ciclos de vida y muerte, ni como un cuerpo celeste en tránsito hacia su próxima dimensión. Es aquí donde residen los infames «grises», vuestro estereotipo de los villanos extraterrestres.

    Desde estos turbios vapores se han escabullido a múltiples entornos del universo material, y su presencia perturba siempre la armonía de los seres tridimensionales. No pertenecen ni a lo físico ni a lo espiritual, y por eso ocasionan mucho miedo y molestias cuando aparecen en vuestra realidad. Como nota al margen, queremos enfatizar que éstos no son seres de luz, y que vuestro creciente encaprichamiento con ellos —libros, películas, figurillas, camisetas y demás parafernalia— los mantiene presentes en vuestra conciencia.

    Eso es insensato, especialmente en este momento delicado, cuando hay tantas cosas en juego.

    Sois mucho más perspicaces cuando centráis vuestras visiones creativas de seres de otros planetas en imágenes que proporcionan luz a vuestra aura, que cuando llenáis los espacios entre ellos y vosotros con ilusiones del mundo gris, pues sabemos que entendéis que el pensamiento puede manifestarse —y lo hace— cuando lo proyectáis en vuestro entorno. Y, creednos, ésta es una realidad que, sinceramente, es preferible que dejéis en paz.

    El Maestro Codificado se convertirá en una fuerza predominante durante el año 2010, cuando el tiempo inicie la fase extrema de su curvatura antes de hacer un alto a partir del solsticio de invierno de 2012.

    Os enfrentaréis a muchas incongruencias a medida que el tiempo lineal empiece a cerrarse a vuestro alrededor. Por más raros que ahora os parezcan los acontecimientos, no podéis imaginar lo que os aguarda una vez que lleguéis a ese punto de la rueda. Presenciaréis la reaparición de especies extintas, la manifestación de seres multidimensionales que atraviesan las capas, la repetición de sucesos específicos de vuestro pasado y veréis que las barreras de la realidad empiezan a abrirse de par en par.

    Habrá una infinidad de imágenes conflictivas, toda suerte de contradicciones, y reinará la confusión en esta fase de la transformación, cuando seres de todas las procedencias se enfrenten a la disonancia de las realidades en proceso de fusionarse.

    A medida que los efectos del cambio vibratorio intensifican vuestro cuerpo emocional, mental y físico, también se intensifican las condiciones geológicas de la Tierra. Con la aceleración del tiempo y las crecientes rasgaduras y roturas en la estructuración del espacio-tiempo, os veréis forzados a confrontar un sinnúmero de «no-realidades». Serán muchos los que buscarán frenéticamente las explicaciones lógicas y sencillamente «perderán la cabeza» (en vuestros términos); otros, que han venido acelerando su cuerpo de luz y cuya evolución los está sacando de la limitación, verán el desmoronamiento de las murallas del tiempo como una expansión que trasciende los límites de la tercera dimensión, y pasarán por todo ello situados en un punto de equilibrio.

    Aquéllos capaces de entender y de resonar con la frecuencia del poderoso aumento vibratorio que se aproxima a vosotros con el Maestro Codificado, tenéis un don. Habéis depurado vuestro campo y ya os habéis enfrentado a los residuos de vuestro miedo, de tal forma que realmente deseáis que llegue el cambio y sabéis que será glorioso: el refinamiento de la polaridad, el fin del tiempo y la liberación de la ilusión.

    Sus emanaciones serán una parte sumamente significativa de vuestra aceleración, una fuente de inspiración consciente, y estáis listos, emprendiendo el vuelo en alas de la expectativa.

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    El Maestro Codificado se halla personificado en las efigies de la diosa egipcia Hator, donde se la representa con el disco solar entre sus cuernos, pues los egipcios sabían que Ella mantenía el equilibrio de Ra, vuestra Deidad Solar. Os recordamos que todo está escrito en el Akasha, todo está previsto en el no-tiempo, y muchos miembros de la clase sacerdotal de Egipto eran videntes de talento y contaban con la guía de seres estelares de las Pléyades y Sirio, quienes se encontraban entre ellos.

    Al igual que Sotis —Sirio, la Estrella Perro—, ella asciende simbólicamente en vuestro amanecer, tal como en los tiempos antiguos de Egipto, cuando la salida de Sotis en el horizonte del Este (antes del alba) anunciaba la crecida del río Nilo, lo cual proporcionaba fertilidad y vida a las áridas tierras del Valle de Egipto.

    Lamentablemente, no se puede comparar el desbordamiento de las aguas del nuevo milenio con la inundación cíclica del Valle del Nilo, la gran arteria fluvial de Egipto, pues las aguas rugientes y los mares embravecidos que habéis empezado a experimentar en éstos, vuestros tiempos, señalan apenas el comienzo de la furia desatada de la naturaleza: la respuesta de Gaia ante el desequilibrio y la desarmonía que han ocasionado vuestro descuido e indiferencia.

    Se os ha advertido y puesto en aviso, con respecto a los cambios de la Tierra que ya han empezado a manifestarse con furia en todo el globo, y no tenemos el propósito de castigaros constantemente con informes de las crisis que enfrenta vuestro planeta hoy en día. No podemos enfatizar lo suficiente; sin embargo, tenéis el poder de alterar los pronósticos actuales, aun cuando las profecías tiendan a negaros un resultado positivo.

    No es demasiado tarde para que pongáis en marcha la resolución. Ésta es la jugada crucial; el momento del jaque mate lo tenéis frente a vosotros. No obstante, regresando a nuestra observación de «los ojos que no ven», nos preguntamos si vosotros, la raza, os movilizaréis a tiempo para ganar la partida, para revertir los efectos de vuestros errores y establecer un nuevo paradigma para la Tierra tetradimensional.

    En su transición a una dimensión más elevada, Gaia verdaderamente pasa por una muerte planetaria natural, por cuanto ésa es la naturaleza de la transición. Si este concepto os parece inquietante, ello se debe a que aún os asusta la maravilla desconocida del viaje de salida del reino físico. Recordad, sin embargo, que conocéis la muerte, ya que la gran mayoría de vosotros habéis hecho la transición personal muchos cientos de veces anteriormente. Como lo hemos dicho reiteradamente, la información está contenida en vuestro material genético, enterrada en la memoria subconsciente.

    La crisis ecológica actual de Gaia es un preludio antinatural de su transmutación, un síntoma de la alienación que separa a la humanidad de la naturaleza y la Tierra. Estáis exacerbando el proceso de su transición con vuestra destrucción indiscriminada de los ecosistemas, pero no tiene por qué ser así. Al igual que la experiencia humana de la muerte, puede darse una transición dulce y suave.

    Vuestro propio karma y el planteamiento individual de la salud del cuerpo dictaminan si vuestra transición personal es como el soplo de un viento suave o una violenta tormenta. De igual forma sucede con Gaia, cuya enfermedad y malestar son el producto de vuestra conciencia colectiva. Así como todos habéis contribuido a su sufrimiento, de la misma forma podéis aunar vuestras fuerzas para sanarla en preparación para la etapa final de su transición.

    Grandes facciones de vuestra población y la mayor parte de la clase dirigente, quienes aún niegan lo que sucede, se rehúsan categóricamente a aceptar que haya una crisis ecológica. Esto, según el humo que observamos elevarse por encima de los árboles de vuestros bosques tropicales agonizantes, así como los tentáculos del petróleo crudo que atraviesan vuestros océanos, hará que la transición sea una travesía muy dolorosa.

    Observar a la Tierra desde nuestra posición estratégica es una experiencia aleccionadora, pues una vez el habitat de Gaia fue uno de los más espectaculares del universo, un paraíso y una belleza de connotaciones sin precedentes.

    ¡Y qué música!

    Su wam le cantaba a los cielos, como las sirenas a Ulises, y muchos fueron los viajeros del espacio atraídos hacia la atmósfera de la Tierra en esos días de antaño de vuestra coexistencia armoniosa con las energías elementales. El hombre conocía su lugar entre los vivos y era humilde ante las fuerzas invisibles del universo, los dioses primordiales y los animales. Todo estaba en equilibrio y reinaba el amor; todo era armonioso en el Jardín del Edén.

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    La ecología tiene que pasar al primer plano de vuestra conciencia y convertirse en la preocupación primordial de todos los seres del planeta. Se puede ejercer presión en los gobiernos para que respondan, y aquellas industrias que insisten en sofocar la vida de Gaia se pueden supervisar y finalmente frenar. Vosotros sois los consumidores; controláis la industria a través de vuestro poder adquisitivo, pues el dios del dinero determina la plataforma de vuestras políticas globales.

    Si lisa y llanamente rechazáis los productos que no se adhieren a estrictas leyes medioambientales y también repudiáis aquellos que crean enfermedades en vosotros (tales como los productos agrícolas irradiados que ahora están apareciendo en vuestros almacenes), el gobierno no tendrá más remedio que crear la legislación que vosotros, el pueblo, exigís.

    En consecuencia, la industria se verá obligada a atenerse a los estándares y exigencias de la población o cerrar sus operaciones. Cualquiera de estas dos opciones es una solución positiva para el problema de la supremacía absoluta de la industria en la Tierra.

    En cuanto a lo demás, tendréis que hacer sacrificios; tal vez os cause molestias y, ocasionalmente, gastéis más en productos inofensivos para el medio ambiente, pues la industria argumenta que poner en vigencia estándares ecológicos sencillamente no es rentable; sin embargo, podría serlo si vosotros, como pueblo, como el poder adquisitivo, optaseis por aquellos productos compatibles con el medio ambiente y dejarais los otros.

    * ¿Entendéis el poder de vuestra unidad, y por qué os manipulan para que os separéis?

    * ¿Dónde estáis, hijos e hijas de Gaia?

    * ¿Estáis preparados para poner en acción vuestra voluntad, para uniros como una conciencia colectiva e ir al rescate de la Gran Madre Tierra?

    Al aunar fuerzas con aquellos que tienen el valor de arriesgar su seguridad personal por el bien de la Tierra, podéis mover montañas.

    * ¿Qué se ha hecho de vuestra capacidad de discernir lo que es justo para vuestro planeta? Debéis tener el valor de defender vuestras convicciones, de ir en contra de la corriente, de rendir homenaje a la Verdad.

    * ¿Cuándo vais a insistir en las soluciones?

    * ¿Cuándo pondréis la legislación en vigencia y haréis vuestra parte para sanar al planeta, mientras aún podéis efectuar el cambio?

    * ¿Qué hay de los animales, las grandes aves y los peces?

    * ¿Os dais cuenta de que están desapareciendo lentamente de la faz del planeta?

    * ¿Qué tendrá que suceder para que abandonéis vuestra resignación e iniciéis la pelea, uniendo fuerzas para proteger y salvar a vuestra tierra, los mares y el mismo aire que respiráis?

    Las autoridades, las principales voces encargadas de la toma de decisiones, siguen desoyendo vuestra voz, pues es demasiado suave, demasiado endeble. Os hacemos un llamamiento para que vayáis a impartir el conocimiento a las masas, de modo que, en cantidad abrumadora, subáis el volumen y los obliguéis a escucharos.

    No basta con indignarse ante los crímenes que se cometen en contra de la Madre Tierra; tenéis que hacer un aporte a la comunidad para instigar el cambio. Vuestro frente unido es vitalidad, es la fuerza de acción, como también lo es vuestro compromiso individual de reducir el consumo, eliminar los desperdicios de manera cuidadosa y correcta, y conduciros conscientemente en todo aquello que contribuya a que Gaia recupere armoniosamente su equilibrio.
    Nuestras advertencias pronto llegarán a su fin, pues será muy tarde y no habrá vuelta atrás si hacéis caso omiso del mensaje y no os ponéis decididamente en acción.

    Ahora depende de vosotros; haceros cargo, por amor a vuestro planeta y a todo el esplendor de vida que ha conocido a lo largo de su historia inconmensurable. Y no olvidéis que seguiréis centrados en la Tierra en la nueva dimensión; eso quiere decir que la Tierra hace su travesía, y vosotros junto con ella, pues sois sus hijos.

    De modo que si pensáis en un final feliz al estilo de Disneylandia, donde no importa lo que pase porque todo se rectifica en lo nuevo, recordad que el karma debe resolverse, y que los males de Gaia serán igualmente reales en la cuarta dimensión, si bien el proceso de ascensión habrá alterado su manifestación.

    Habéis aprendido que sólo podéis liberaros mediante la resolución de vuestras deudas kármicas, y lo mismo es válido para vuestro planeta. Queremos daros tema para pensar en cuanto a lo que le esperaría a Gaia en la realidad tetradimensional si no ponéis manos a la obra de inmediato, pues estáis a punto de entrar en la etapa irreversible, cuando todo sea atraído hacia el interior del vórtice a una velocidad mayor que la de la luz.

    El Maestro Codificado no tiene jurisdicción en materia de salud y equilibrio de los ecosistemas de la Tierra, dado que ésa es una responsabilidad kármica que tiene que resolverse por medio de vuestra conciencia de raza. Ésta está enlazada con la totalidad y, por lo tanto, constituye un aspecto de la función de curación del Maestro Codificado, pero no creáis que llega un salvador en último momento y libera al mundo de la calamidad, pues ésta es la conciencia de la víctima: la antítesis de lo que en este momento se requiere de vosotros.

    Os podemos decir que Gaia es actualmente el cuerpo celeste más inestable de vuestro sistema solar, y se la considera el eslabón débil de la Deidad Solar por muchas razones. Paradójicamente, es también el más dinámico, pues el potencial de la conciencia humana es inmenso e inagotable y, según la lectura del Registro Akásico, nos consta que los seres de la Tierra son capaces de inimaginables obras de amor y compasión, especialmente en los momentos culminantes de una crisis. Después de todo, vuestra gran capacidad de sentir intensa emoción es un aspecto sumamente vital de vuestra condición humana, y os animamos a que conozcáis vuestro cuerpo emocional en toda su complejidad.

    Nos fascina vuestra emotividad, pues cuando estáis llenos de amor sois capaces de sentir extrema alegría, placer y el éxtasis de la vida, y es un deleite para nosotros experimentar esas ondas arrolladuras que pasan por nuestros reinos. Estamos agradecidos con vosotros. Vuestras emociones, cuando las exalta el amor, son un aspecto extremadamente poderoso de vuestra humanidad, aquello que os lleva a la grandeza. Vuestro éxtasis se siente a lo largo y a lo ancho de los cielos.

    Esta es una de las razones principales que explican por qué se ha puesto tanta atención en vosotros, por qué son tantos los ojos que están observando y por qué el Maestro Codificado ha decidido realizar su Gran Obra desde vuestro ámbito planetario.

    Extracto del libro: “El Cosmos de Alma”.
    Un despertar para la humanidad.
    Capitulo X – El Maestro Codificado
    Patricia Cori.

  3. Tariqah Naqshbandiya basa la vía del Sufismo en la respiración, ya que es el puente que integra el cuerpo y el ego; al quemar las impurezas del ego, el corazón se abre permitiendo contemplar el espíritu del creyente y las luces del Espíritu Creado.
    La respiración comprende el ciclo de la inspiración y la espiración y nos recuerda en ese acto los estados de expansión y de contracción del espíritu. El equilibrio de este ciclo respiratorio afecta al cuerpo, a la mente y al espíritu. La respiración es responsable de dirigir los divinos atributos al corazón y es también responsable del punto de encuentro entre lo consciente y lo inconsciente, entre lo físico y lo psico-emocional, entre el ego y el espíritu.
    Esta respiración consciente está estrechamente ligada al recuerdo de Allah, el dhikr, por lo que el ideal del sufí es mantenerse en el constante recuerdo de su Creador. En cada respiración se pronuncia uno de los nombres de Allah, de tal modo que los atributos divinos descienden a la mente, a la lengua y al corazón del que invoca.
    La respiración es el nexo entre nosotros y el Creador. La esencia de la respiración es el hálito.
    Este aliento no es aire u oxígeno; es una energía sutil y su origen –como todas las cosas– es divino. La respiración es una sustancia luminosa, un rayo de luz, es la Fuerza de Allah.
    Dijo el hispanomusulmán Ibn al-Arabi «en cada aliento hay un camino hacia Allah”. Hay que tomar cada aliento que Allah nos da y devolvérseLo y hay que entender este aliento como la personalidad (carácter). Según esto, si el aliento o la personalidad (alma) dejasen al hombre, éste volvería a su origen, es decir, al Creador. Así, dice el Señor de los mundos en su noble Corán: «A Allah habéis de regresar”.
    Cuanto más consciente se es de la respiración, más intensa es la vida interior. Ibn al-Arabi, dice en su obra Las Revelaciones de la Meca: “La gente de Perfección es la que, pendiente de su respiración, se hace guardián del Tesoro de sus corazones. Dejemos que la consciencia en la respiración se quede de guardián y no deje entrar a ningún extraño. El Tesoro del Corazón es la Biblioteca de Allah. No permitáis que entren los pensamientos que no sean del Amado”
    En cada inspiración se inspiran los atributos de Allah y en cada espiración éstos son devueltos a Él. En este sentido es más importante el acto de la inspiración que el de la espiración, ya que la inspiración nos da la vida y la espiración es entrega a Allah de lo vivido. Consideremos que en cada acto respiratorio nos acercamos más al final de nuestras vidas (expiración), sirviéndonos esto de reflexión sobre el sentido de la vida y de la muerte y prepararnos para el último instante de nuestra vida.
    Decía el sufí Abu Yazid al-Bistami (m. 874): “Para el gnóstico, el verdadero culto es la respiración”. Y Abu Bakr ash-Shibli (m. 945) comenta: “el Sufismo, Tasawwuf es el control de las facultades y la observación de la respiración”. En la orden sufí naqshabandiya, la respiración es un elemento capital en la vía de transformación espiritual. Su fundador Bahauddin Naqshaband (1317-1389), comenta: “Esta escuela está construida toda ella sobre la respiración. Por eso es un deber para todos los buscadores ser conscientes de la respiración cada vez que inspiramos y espiramos”. Esta es la primera de los once principios en que se fundamenta el trabajo de esta orden. La expresión farsí hush dar dam significa ‘consciencia de la respiración’ y es una de las técnicas más potentes para llegar a desarrollar una consciencia interior
    Al respirar conscientemente, absorbemos sustancias energéticas sutiles que están en el aire. El aire que respiramos sirve para despertar los centros sutiles energéticos del cuerpo; estos centros sutiles, que se conocen en el Sufismo con el nombre de lataif, son cinco y se distribuyen a lo largo del cuerpo y actúan como transformadores de la energía espiritual.

    Existe una relación estrecha entre el aire y el espíritu, lo que los hindúes llaman prana y los chinos chi. Por esto muchas lenguas vinculan con una sola palabra aire y espíritu. En árabe la palabra ruh nombra a la vez espíritu y soplo vital; por otro lado, respirar en árabe es nafas y personalidad es nafs, es decir, el yo experimentador, carácter, ego o alma. Pues como se dice en el Corán: “Allah creó el universo a través del Hálito del Misericordioso”; es el soplo mediante el cual Allah da la vida y transmite el espíritu (ruh) al cuerpo.

    En la meditación sufí (dhikr) –es decir, en la pronunciación de los nombres de Allah–, los atributos divinos fluyen por todo el cuerpo gracias a la respiración. En la inspiración, la mente piensa y visualiza el nombre del de la invocación, dhikr; la lengua lo pronuncia –estando ésta conectada íntimamente con el corazón físico–, mientras que el corazón envía sangre por las arterias al cuerpo en cada movimiento sistólico de contracción, llegando a toda célula el efecto purificador de la meditación y eliminando lo tóxico y sacando de lo vivo lo muerto. Pues como dice un versículo del Corán: “No veis como de lo vivo Allah saca lo muerto y lo muerto de lo vivo”. Al hacer dhikr, las células “despiertan” reconociendo a su Creador. El corazón intuitivo Le reconoce como único Señor y Único Creador de los Mundos.

    Es entonces cuando el cuerpo se “espiritualiza” y, por lo tanto, se “ilumina”. Al sufí persa Ibn Hassan an-Nuri se le veía iluminado cuando hacía dhikr; su nombre an-Nuri significa ‘el iluminado’. El Shayj marroquí Muhammad ibn al Habib había incorporado en su vida cotidiana el hábito de pronunciar en cada aliento el nombre de Allah e incluso durmiendo se le escuchaba decir ese nombre. En cada pronunciación, toda célula se orienta (se “enquibla”) hacia Allah, porque en cada célula permanece el recuerdo de su naturaleza esencial y la el Aliento del Misericordioso (Nafas ar-Rahmani)
    La fase de apnea

    Pero la meditación más importante no es en la inspiración ni es la espiración, es la conciencia en la apnea –parada momentánea respiratoria–, porque es la barrera o barsaj entre lo vivo y lo muerto, entre este mundo (el mundo del espacio-tiempo y de las densidades –mulk–) y el otro (el mundo de los espíritus, de los ángeles, de los entes luminosos –malakut–). La apnea es la separación y diferenciación entre la inspiración y la espiración y el hombre es un “interespacio” barsaj, entre su Creador y la Creación. La inspiración y la espiración no pueden mezclarse –se está inspirando, espirando o en apnea–, como tampoco pueden mezclarse la vida y la muerte –se está vivo o se está muerto–. Un versículo del Corán dice: “Ha dejado que los dos mares se encuentren libremente”, “entre ambos hay un espacio que no traspasan”. Y también: “El es Quien ha hecho confluir los dos mares, uno dulce y agradable y otro salado y salobre. Entre ambos puso un espacio intermedio y una barrera infranqueable” (25;53).

    Dice Ibn al-Arabi: «Todo lo que está en la tierra cambia de un estado a otro. Así, el mundo de las respiraciones cambia en cada respiración». «Permite esta realidad que alguien pudiera permanecer en un estado durante dos respiraciones o dos momentos».

    La consciencia en la apnea es unión o re-unión con nuestro ser y por lo tanto encuentro en Allah.

    Por todo lo anterior expuesto podemos decir que entre la inspiración y la espiración existe un secreto que espera ser desvelado por el ser humano y, para desvelarlo, tiene que observar la apnea, recordando en todo momento a Allah.

    8. Relación entre lo divino y lo humano a través de la respiración y el dhikr de Allah

    Cada letra del alfabeto árabe tiene asignada una relación entre lo divino y lo humano. Es en el cuerpo y en el corazón donde los atributos divinos se estimulan a través de la recitación del Sagrado Corán o en la repetición de los nombres de Allah. Una de las múltiples formas de recordar a Allah puede ser: «Hasbunallahu wa ni´amal wakil» “Allah me basta y Él es mi mejor Guardián”; repetido 73 veces, purifica el yo de lo que le turba, fortalece al sufí y es aliento y pura compasión para quien lo repite. Es un dhikr para los momento de crisis.

    9. La recitación del Corán (discriminación y discernimiento)

    “Y con el Corán hemos hecho descender una cura y una misericordia para los creyentes” (Corán, 17, 82).

    La recitación del Corán es cura en sí misma; su práctica de recitación conlleva unos tiempos respiratorios definidos, que junto a la dicción correcta de sus palabras emitidas en esta recitación provoca unos efectos transformativos energéticos profundos y de absoluta perfección. Cada palabra del Libro Generoso, cada aleya posee un significado emanado directamente de la “Fuente”, que transciende la temporalidad (palabra de Allah eterna, no creada) y que posee en sí misma siete niveles o planos de comprensión y de efecto transformador.

    Se podría decir, en términos absolutamente alegóricos, que el Corán, su recitación, es la “Sinfonía Perfecta”, la “Sinfonía del Universo”, la “Sinfonía del creyente sometido en el Universo”. La Recitación da pleno reconocimiento y sometimiento a Quien, en su infinita generosidad, regaló al hombre el conocimiento de Su Palabra Perfecta para que con ella aprendiera a respirar en adoración completa a Él debida y se liberara así de todos los yugos y padecimientos que el velo de la ignorancia le acarrea.

    PSICOTERAPIA RESPIRATORIA

  4. REGLAS PARA LA RECITACIÓN DEL CORÁN

    El Corán es Palabra Increada, sonido eterno, y ocasión para los musulmanes de sumergirse en algo que es de Allah, que le pertenece directamente, que emerge de Él. El Corán es la inmediación de Allah. El Corán en sí y su significado son dos caras de una misma moneda que posibilitan la intimidad con la Verdad Creadora. Revelado a Sidnâ Muhammad (s.a.s.), el Corán es un obsequio a la humanidad. Su lectura meditada, su recitación armoniosa, su memorización -todo lo cual convierte a un musulmán en portador del Corán (hâmil al-Qur’ân)-, son prácticas recomendadas con insistencia, de gran mérito y alcance espiritual. El aprendizaje del Libro revelado y su trasmisión conforman una de las mejores tradiciones musulmanes, en las que todos participan en la conciencia de que se trata de un legado que exige fidelidad y sinceridad. La letra y su sentido son depósitos confiados a los musulmanes, y la lealtad a esa exigencia les hace convertir el Corán en centro de sus existencias. Se trata de un don, que comporta graves responsabilidades.

    El texto que presentamos a continuación en Musulmanes Andaluces está recogido del primer volumen del Ihyâ ‘Ulûm ad-Dîn del Imâm al-Gazâli. El autor, tras ponderar el valor del estudio, lectura y recitación del Corán pasa a advertir contra la negligencia de los que realizan esas actividades sin darles la importancia que tienen. El estudio, la lectura o la recitación mecánica son una falta de respeto a algo que en sí abre las puertas hacia Allah mismo. Por tanto, es necesario consagrarse a dichas prácticas, pero teniendo en cuenta su gravedad. A continuación, ofrece reglas a las que debe atenerse el que afronte dichas acciones para sacarle el mejor rendimiento.

    Debemos advertir, no obstante, que el Imâm al-Gazâli era extremadamente exigente en todo, y sus reglas deben ser tenidas a modo de sugerencias que cada cual debe adecuar a su realidad. En la mayor parte de los casos, se trata de consejos que no debemos confundir con obligaciones que pesen sobre todos los musulmanes. Pero, en cualquier caso, es bueno y conveniente tener en consideración las enseñanzas del Imâm al-Gazâlî, que reflejan una situación en la que los musulmanes vivían con intensidad el Islam y respondían a él dando de sí todo lo que podían.

    LOS MÉRITOS DE LA RECITACIÓN DEL CORÁN

    Hadices

    1- Sidnâ Muhammad (s.a.s.) dijo: “Quien lea el Corán y después considere que a alguien le ha sido dado hacer algo mejor, menosprecia lo que Allah ha enaltecido”.

    2- Y dijo: “Ante Allah no hay intercesor a tu favor de rango más elevado que el Corán, ni tan siquiera un profeta, un ángel o cualquier otro”.

    3- Y dijo: “Si el Corán fuera una piel para curtir, no lo tocaría el fuego”

    4- Y dijo: “La mejor devoción de mi pueblo es la lectura del Corán”.

    5- Y dijo: “Allah recitó los capítulos del Corán Tâhâ y Yâsîn mil años de crear el universo. Cuando los ángeles escucharon el Corán, dijeron: ¡Enhorabuena a la nación que le sea revelado! ¡Enhorabuena a las entrañas que se conviertan en su depósito! ¡Enhorabuena a las lenguas que lo pronuncien!”.

    6- Y dijo: “El mejor entre vosotros es el que aprenda el Corán y lo enseñe”.

    7- Y dijo: “Allah dice: A quien se entretenga leyendo el Corán y olvide invocarme y rogarme le daré en pago lo mejor de la recompensa reservada a los agradecidos”.

    8- Y dijo: “El Día de la resurrección habrá tres hombres sobre una duna de almizcle negro de los que no se apoderará ningún terror ni tendrán que rendir cuentas por nada y así hasta que se decida en los litigios entre la gente: un hombre que lea el Corán no deseando con ello más que agradar a Allah o lo recite mientras dirige el Salât de otros que estén satisfechos con él,…”.

    9- Y dijo: “La gente del Corán son la Gente de Allah y los más allegados a Él”.

    10- Y dijo: “Los corazones se oxidan al igual que el hierro”. Le preguntaron: “Oh, Mensajero de Allah, ¿cómo pueden ser pulidos?”, y él (s.a.s.) respondió: “Con la lectura del Corán y el recuerdo de la muerte”.

    11- Y dijo: “Allah presta más atención al lector del Corán que el dueño de una esclava de bella voz a su canto”.

    Sentencias

    1- Abû Umâma al-Bâhili dijo: “Leed el Corán, y que no os confundan los adornos entre los que es recogido. Allah no castiga a un corazón que se convierte en recipiente para el Corán”.

    2- Ibn Mas‘ûd dijo: “Si queréis adquirir ciencia, desplegad el Corán, porque en él está el saber de los antiguos y el de los contemporáneos”.

    3- Y también dijo: “Leed el Corán, porque seréis premiados por cada una de sus letras con diez hermosas recompensas…”.

    4- Y también dijo: “Preguntaos a vosotros mismos por el Corán. Quien vea que lo ama y lo admira es que ama a Allah y a su Mensajero. Quien vea que lo detesta es que detesta a Allah y a su Mensajero”.

    5- ‘Umar ibn al-‘Âs dijo: “Cada versículo del Corán es un peldaño en el Jardín y es una lámpara en vuestras casas”.

    6- Y también dijo: “Quien lea el Corán, que sepa que la profecía ha penetrado entre sus costados, salvo que no la recibe como revelación”.

    7- Abû Huraira dijo: “La casa en la que es recitado el Corán se hace espaciosa para quienes viven en ella y se multiplica su bondad, entran en ella los ángeles y salen los demonios.. Pero la casa en la que no es leído el Libro de Allah, se estrecha sobre sus habitantes y escasea su bondad, salen de ella los ángeles y se presentan en su lugar los demonios”.

    8- Ahmad ibn Hánbal dijo: “Vi a Allah en sueños y le pregunté: ¿Qué es lo mejor con lo que pueden acercarse a Ti quienes buscan tu proximidad? Y me respondió: Con mi propia Palabra, oh Ahmad. Entonces volví a preguntar: ¿Entendiéndola o sin entenderla? Y me dijo: Entendiéndola o sin entenderla”.

    9- Muhammad ibn Ka‘b al-Qarazi dijo: “Cuando las gentes escuchen el Corán en boca de Allah el Día de la Resurrección será como si no lo hubiesen escuchado antes”.

    10- al-Fudáil ibn ‘Iyâd dijo: “Quien contenga en sí el Corán de memoria no debiera tener necesidad de nadie, evitándose acudir ante los príncipes y a quienes estén por debajo de ellos, porque es la gente la que debería tener necesidad de él”.

    11- Y dijo también: “El que porta el Corán en sus adentros es el portaestandarte del Islam. No debiera entretenerse con los que pierden el tiempo, ni divertirse con los que no tienen nada mejor que hacer, ni bromear con los que sólo saben bromear. Todo ello como veneración debida al Corán que contiene en sus adentros”.

    12- Sufyân az-Záuri dijo: “Cuando alguien lee el Corán está besando al Rey en la frente”.

    13- ‘Amrû ibn Maimûn dijo: “De quien despliega el Corán al amanecer y lee en él cien versículos, le son recogidos por Allah como si se tratara de lo mejor que pudiera hacer la humanidad entera”.

    14- Se cuenta que Jâlid ibn ‘Uqba acudió ante el Mensajero de Allah (s.a.s.) quien le pidió que le recitara algo del Corán y él leyó el versículo que dice: “Allah ordena la justicia y la excelencia, y la generosidad hacia los parientes,…”. Cuando acabó, el Profeta le pidió que volviera a repetírselo. Al cabo de la segunda lectura, Sidnâ Muhammad (s.a.s.) le dijo: “Lo juro por Allah, son palabras dulces que producen embriaguez. Su parte más baja florece y la más alta fructifica. Eso no ha podido decirlo un ser humano”.

    15- al-Hásan dijo: “Sin el Corán no hay riqueza y con él no hay pobreza”.

    16- al-Fudáil dijo: “Quien lea la parte final del capítulo de al-Hashr cuando amanece y muere durante ese día, es marcado con el sello de los mártires. Quien la lea al anochecer y muere esa noche, es marcado con el sello de los mártires”.

    17- al-Qâsim ibn ‘Abd ar-Rahmân dijo: Dije a un asceta que vivía en un lugar retirado si no tenía con él a nadie que le consolara. Entonces extendió la mano hacia un libro del Corán y lo puso en su regazo, diciendo: ¡Éste!”.

    18- ‘Ali ibn Abî Tâlib dijo: “Hay tres cosas que fortalecen la memoria y hacen desaparecer la flema: el siwâk, el ayuno y la lectura del Corán”.

    REPROCHE A LA LECTURA DE LOS DESCUIDADOS

    1- Ánas ibn Mâlik dijo: “¡Cuántos hay que leen el Corán mientras el Corán los está maldiciendo!”.

    2- Máisara dijo: “Extranjero es el Corán en el seno del pervertido”.

    3- Abû Sulaimân ad-Dârâni dijo: “Los guardianes del infierno se apresuran a apoderarse de los portadores del Corán (los que lo conocen de memoria) que desobedecen a Allah con mucha más vehemencia de lo que lo hacen con los idólatras que desobedecen a Allah tras haber sido revelado el Corán”.

    4- Un ‘âlim dijo: “Cuando una persona lee el Corán y después se mezcla en turbiedades y más tarde vuelve a la lectura del Corán, se le dice: ¿Qué tienes tú que ver con mi palabra?”.

    5- Ibn ar-Rimâh dijo: “Me he arrepentido de haber memorizado el Corán porque me ha llegado que las Gentes del Corán serán interrogados el Día de la Resurrección igual que los profetas (exigiéndoseles lo mismo)”.

    6- Dijo Ibn Mas‘ûd: “El portador del Corán debe ser reconocido de noche cuando las gentes duermen, de día cuando las gentes se dedican a sus excesos, por su tristeza cuando los demás están alegres, por su llanto cuando los demás ríen, por su silencio cuando la gente discute, por su temor cuando la gente se entrega a argucias. El portador del Corán debe ser pacífico, suave, y no debe ser desdeñoso, ni fingidor, ni proferir gritos, ni insultar a nadie, ni ser de hierro”

    7- El Mensajero de Allah (s.a.s.) dijo: “La mayor parte de los hipócritas de mi nación está entre los lectores del Corán”.

    8- Y dijo: “Lees el Corán mientras sientas sus imperativos; si no los sientes, no estás leyendo el Corán”.

    9- Y dijo: “No está abierto al Corán quien considere lícito lo que el Libro prohíbe”.

    10- Uno de los pioneros en el Islam dijo: “Hay quien empieza a recitar un capítulo del Corán mientras los ángeles están bendiciéndolo hasta que acaba. y hay quien empieza a recitar un capítulo del Corán mientras los ángeles lo maldicen hasta que acaba”. Se le preguntó: “¿Cómo puede ser así?”, y respondió: “Cuando se atiene a lo que el Corán declara lícito y se aparta de lo que declara ilícito, es bendecido; de lo contrario, es maldecido”.

    11- Un ‘âlim dijo: “Hay quien lee el Corán maldiciéndose a sí mismo sin darse cuenta, como cuando el Corán dice “La maldición de Allah caiga sobre los injustos”, y ese lector es uno de ellos; o como cuando dice “La maldición de Allah caiga sobre los embusteros”, y él es uno de ellos”.

    12- al-Hásan dijo: “Habéis hecho del Corán un viaje y de la noche vuestra cabalgadura. Por la noche subís a ella y atravesáis las etapas. Pero los que os han precedido consideraban el Corán un mensaje que les llegaba de su Señor: lo leían reflexivamente de noche y lo ponían en práctica de día”.

    13- Ibn Mas‘ûd dijo: “El Corán ha descendido para ser puesto en práctica, sin embargo habéis convertido su estudio en vuestra única acción relacionada con él. Hay entre vosotros quien es capaz de recitar de memoria el Corán desde el principio hasta el final sin olvidarse de una sola letra pero ha anulado actuar según lo que ordena”.

    14- Tanto Ibn ‘Umar como Yúndub dijeron: “Durante largo tiempo nos fue dada la sensibilidad espiritual antes de sernos revelado el Corán, y entonces un capítulo descendía sobre Muhammad (s.a.s.) y se aprendía lo que declaraba lícito y lo que prohibía, nos ateníamos a sus órdenes y a sus amonestaciones, y nos deteníamos ahí donde se nos decía. Después, he visto a hombres a los que es dado el Corán antes de la sensibilidad espiritual: lo leen desde el principio hasta el final y no saben qué ordena o cuáles son sus amonestaciones ni saben dónde hay que detenerse. Lo extienden como se esparcen los dátiles tras su recolección”.

    15- En la Torah se dice: “Oh, siervo mío, ¿no te ruborizas ante Mí? Si te entregan un mensaje de uno de tus hermanos mientras vas por un camino te echas a un lado y te sientas por él y lo lees y lo meditas letra a letra para que no se te escape nada. He aquí que te he enviado mi Libro, lo he hecho descender sobre ti, he detallado en él toda cosa y te la he repetido para que lo reflexiones a su largo y a su ancho, pero le vuelves la espalda. ¿Soy acaso menos para ti que tu hermano? Oh, siervo mío, se sienta junto a ti alguno de tus hermanos y te vuelves hacia él con todo tu ser y escuchas sus palabras con todo tu corazón, y si entre tanto alguien pretende interrumpiros lo increpas pidiéndole que se calle. He aquí que Yo me he vuelto hacia ti y te hablo mientras tú me vuelves la espalda y diriges hacia otro lado tu corazón. ¿Soy acaso menos para ti que tu hermano”.

    LAS DIEZ REGLAS EXTERNAS EN LA LECTURA DEL CORÁN

    Primera:

    Estado en el que debe encontrarse el lector. El lector debe estar en estado de pureza habiendo realizado antes una ablución menor (Wudû); sus gestos deberán ser graves, de profunda veneración y respeto, estando en calma, ya sea de pie o sentado; debe estar orientado hacia la Qibla; no debe cruzar las piernas; debe tener la cabeza agachada, no apoyándose en nada ni estar sentado de una forma arrogante; debe estar sentado como lo estaría ante un maestro venerado.

    La mejor forma de recitar el Corán es en estado de Salât, de pie, y, mejor aún, en la mezquita, pues ello se cuenta entre los mejores actos de ‘Ibâda. Si el Corán es recitado sin haber hecho antes un Wudû o bien en posición recostada, también es meritorio, pero por debajo del grado anterior pues el Corán mismo establece la gradación al elogiar a “los que recuerdan a Allah de pie, sentados, o echados sobre sus costados, y meditan en la creación de los cielos y de la tierra. Los elogia a todos, pero pone por delante el qiyâm (estar de pie), a continuación el qu‘ûd (estar sentado) y deja en último lugar el recuerdo en posición tumbada (idtiÿâ‘). El Imâm ‘Ali dijo que quien recita el Corán durante el Salât, de pie, obtiene cien recompensas (hasanât) de Allah por cada letra pronunciada; si está sentado, recibe cincuenta recompensas; si lo recita en estado de pureza pero fuera del Salât, consigue veinticinco; y quien lo lee sin haber hecho antes el Wudû logra diez recompensas por cada letra.

    La recitación realizada de pie durante el Salât durante la noche es aún más meritoria, porque son momentos en que el corazón se concentra mejor. Abû Dzarr al-Gifâri dijo: “Lo mejor es alargar la prosternación durante el día y prolongar el qiyâm durante la noche”.

    Segunda:

    Extensión del texto a leer. La cantidad de texto a leer depende de las costumbres, habiendo quien lee pasajes extensos y quien se limita a un fragmento menor. Hay quienes recitan el Corán entero en un día con su noche, e, incluso, quien es capaz de leerlo en ese plazo dos veces, y hasta tres; otros, por su parte, leen el texto completo en un mes.

    Hay que tener en cuenta lo que dijo el Profeta (s.a.s.): “Quien lee el Corán entero en menos de tres días no lo entiende”, y es porque el Tartîl (la lectura pausada) es imposible de otro modo. ‘Aisha, esuchando a alguien que leía el Corán de forma precipitada (hadzr), dijo: “Éste, ni ha leído el Corán ni ha estado callado”. El Profeta (s.a.s.) ordenó a ‘Abd Allah ibn ‘Umar que concluyese la lectura completa del Corán cada siete días. Se sabe que, siguiendo esta indicación, un grupo de Compañeros del Profeta (s.a.s.) comenzaba la recitación del Corán y la acababan en una semana, entre ellos ‘Uzmân, Çáid ibn Zâbit, Ibn Mas‘ûd y Ubai ibn Ka‘b.

    Por tanto, en el Jatm (o Jatma, una lectura completa del Corán) hay cuatro grados: un Jatm en un día con su noche (considerado desaconsejable por algunos autores); un Jatm al mes, recitando una parte de las treinta en que el Corán es dividido con este objetivo (lo cual es considerado escaso); entre ambos extremos hay dos grados más moderados: un Jatm a la semana y dos Jatm a la semana (manteniéndonos justo por encima del límite mínimo que puso el Profeta al mencionar los tres días por debajo de los cuales el Corán se recita sin entenderlo).

    Lo preferible es que el cierre de una lectura completa coincida una vez con el inicio de la noche y otra con el inicio del día, y que el cierre durante el día sea un lunes en las dos rak‘as del amanecer, o tras ellas, mientras que es preferible dejar el cierre nocturno para la noche del viernes (que es, entre nosotros, la noche del jueves) realizándolo con las dos rak‘as de la puesta del sol otras ellas. De este modo acogerá el comienzo del día y de la noche con un Jatm, para recibir las bendiciones de los ángeles tal como ha sido dicho en un hadiz, pues esos días lo colmarán de ellas por la noche hasta que amanezca y por el día hasta que anochezca.

    En cuanto a la extensión debida dependiendo de la circunstancia, hay que tener en cuenta lo que sigue. Si el recitador es un aspirante en la vía de activa de los sufíes debe esforzarse por recitar el Corán entero dos veces a la semana. Si es de los aspirantes en la vía interior y reflexiva de los sufíes o es alguien debe dedicar tiempo a la búsqueda y propagación del conocimiento, deberá limitarse a una recitación completa a la semana. Si es de los que deciden sumergirse en la significación del Corán, se atendrá a una lectura al mes, pues necesita reflexionar y entresacar enseñanzas.

    Tercera:

    Las particiones. Quien lea el Corán una vez a la semana deberá distribuirlo en siete sesiones a cada una de las cuales dedicará una séptima parte del total del texto. Ya los Compañeros del Profeta hicieron esas particiones (hiçb). Por ejemplo, sabemos que ‘Uzmân inauguraba la lectura del Corán cada noche del viernes (la del jueves, para nosotros) recitando desde la Fâtiha hasta al-Mâida; la noche del sábado (del viernes para nosotros) leía desde al-An‘âm hasta Hûd; la noche del domingo (del sábado para nosotros) desde Yûsuf hasta Máriam; la noche del lunes (del domingo) desde Tâhâ hasta Tâsînmîm; la noche del martes (del lunes) leía desde al-‘Ankabût hasta Sâd; la noche del miércoles (del martes) recitaba desde Tançîl hasta ar-Rahmân; por último, la noche del jueves (del miércoles) concluía el Corán. Ibn Mas‘ûd tenía también su propia partición. Se ha dicho que el Corán puede ser dividido en siete secciones (hiçb) cubriendo la primera tres capítulos, la segunda cinco, la tercera siete, la cuarta nueve, la quinta once, la sexta trece y la séptima desde Qâf hasta el final. Los Compañeros del Profeta, pues, dividían el Corán en secciones en función de sus costumbres. Al parecer, algo parecido hacía el Profeta mismo (s.a.s.). Todo esto antes de la partición en quintos, décimos y partes, todo lo cual es una innovación (múhdaz).

    Cuarta:

    La escritura. Se recomienda embellecer la escritura a la hora de copiar el Corán, así como su aclaración con puntos y señales que simplifiquen la lectura y faciliten su corrección. En tiempos del Profeta (s.a.s.) y sus Compañeros no existían los puntos diacríticos para diferenciar algunas consonantes ni los signos de las vocales breves. Poco después, para evitar las confusiones, empezaron a señalarse dichos auxiliares escribiéndolos en tinta roja de modo que no perturbaran la formalidad del texto original usado en tiempos de los contemporáneos de Sidnâ Muhammad (s.a.s.). Tales innovaciones, tras algún titubeo, se consideraron positivas porque embellecían y aclaraban el texto sin alterarlo en lo más mínimo.

    Por ejemplo, al-Hásan e Ibn Sîrîn desaconsejaron la señalización de los quintos, los décimos y las partes. Ash-Sha‘bi e Ibrâhîm fueron de los que recomendaban no usar los puntos diacríticos, ni tan siquiera diferenciados con el color rojo, y decían: “Desnudad el Corán”. Lo más probable es que esas prevenciones se debieran al temor que les producía la posibilidad de añadidos que pudieran inducir a confusiones y por su deseo vehemente de preservar el Corán tal como era en tiempos del Profeta (s.a.s.) sin cambio alguno. Esas objeciones de autoridades muy tenidas en cuenta sirvieron para que el trabajo se hiciera con rigor y escrúpulos, y finalmente la Nación aceptó esas innovaciones que facilitaban la lectura del Corán. Es necesario recordar que, a pesar de ser una innovación (múhdaz, bid‘a), no es en absoluto una invención negativa o inútil, pues no toda bid‘a es un error (dalâla). Lo mismo cabe decir de la realización colectiva de los Tarâwîh en Ramadán -que se trata de un múhdaz de ‘Umar-, tenida por los musulmanes por una buena bid‘a (bíd‘a hásana). La bid‘a perniciosa es la que choca con una sunna antigua o la que la altera.

    Siguiendo con el tema, un miembro de las primeras generaciones del Isdlam dijo: “Leo en las copias puntuadas del Corán, pero yo personalmente no lo puntúo”. Vemos así como fue evolucionando la cuestión. Al-Áuça‘i transmitió que Yahyà ibn Kazîr dijo: “El Corán estaba desprovisto de tales signos en los volúmenes que lo recogían al principio. Después se inventaron los puntos para la b y la t, y se dijo: No hay mal alguno en ello, y son luz para el Corán. Más tarde su usaron puntos grandes para señalar el final de los versículos, y se dijo: No hay mal en ello, pues sirven para reconocer el final de los versículos. Después se inventaron los adornos que señalan el principio y el final de los capítulos”. Abû Bakr al-Húdzali dijo: “Pregunté a al-Hásan por la puntuación en rojo de las letras del Corán y me preguntó que para qué servía, y le dije: Para la perfecta pronunciación del árabe. Me dijo entonces: La buena pronunciación del árabe es un bien”. Jâlid al-Hadzdzâ dijo: “Entré donde estaba Ibn Sîrîn y lo vi leyendo en un Corán puntuado, mientras que antes lo declaraba desaconsejado”. Vemos, pues, que incluso los autores que en un primer momento no recomendaban la puntuación, al final abandonaron sus reparos. Se cuenta que fue al-Haÿÿâÿ el que introdujo tales innovaciones, habiendo reunido antes a los expertos en Corán ordenándoles antes contar todas las palabras del Corán y crear un criterio único para la división en secciones para la recitación. Fue entonces cuando el Corán fue dividido en treinta partes (ÿuç) y otras secciones menores.

    Quinta:

    La lectura pausada (tartîl). Es la forma de recitar y leer recomendada, pues, como explicaremos, el objetivo de estas prácticas es la reflexión (tafákkur, tadábbur). El tartîl (la lectura pausada) es la más conveniente a este fin. Umm Sálama describió la recitación del Profeta (s.a.s.) como lenta, realizada letra a letra, consonante a consonante.

    Ibn ‘Abbâs dijo: “Recitar los capítulos de al-Báqara y Âli ‘Imrân con tartîl que me permita reflexionar es más valioso para mí que recitar todo el Corán de manera precipitada”. También dijo: “Considero que recitar los breves capítulos aç-Çálçala y al-Qâri‘a de forma pausada es mejor que recitar los extensos al-Báqara y Âli ‘Imrân de forma acelerada”. Se le preguntó a Muÿâhid por el caso de dos hombres que entraron en estado de Salât y su qiyâm (posición de pie) duró lo mismo, pero uno recitó durante ese tiempo el capítulo de al-Báqara solamente y el otro recitó el Corán entero, a lo cual respondió Muÿâhid: “Son iguales en la recompensa que merecen”.

    Has de saber que el tartîl (la lectura pausada) es deseable en sí misma y no sólo porque facilite la reflexión, pues debe exigírsele también al aljamiado (un no-árabe) que desconoce la lengua en que está escrito el Libro: debe recitar el Corán pausadamente aunque ignore su significado, porque es lo más cercano al respeto y la veneración y, en cualquier caso, tiene influencia sobre el corazón, mientras que la precipitación no produce esos efectos.

    Sexta:

    El llanto. Es aconsejable que el llanto (bukâ) acompañe a la lectura o recitación del Corán. El Profeta (s.a.s.) dijo: “Leed el Corán y llorad; y si no os viene el llanto espontáneamente, provocadlo”. Y también dijo: “No es de los nuestros quien no cante con el Corán (con tristeza)”. Sâlih al-Murri dijo: “En uno de mis sueños me vi recitando el Corán ante el Profeta (s.a.s.), que me dijo: Oh, Sâlih, esa es la lectura, pero ¿dónde está el llanto?”. Ibn ‘Abbâs dijo: “Cuando lleguéis al versículo señalado para realizar una prosternación que hay en Subhâna, no llevéis la frente al suelo hasta llorar. Si vuestro ojo no llora, que llore vuestro corazón.

    La manera de atraer el llanto es que la tristeza embargue al corazón, pues es la tristeza (huçn, háçan) lo que provoca el llanto. El Profeta (s.a.s.) dijo: “El Corán ha sido revelado acompañado de tristeza. Cuando lo recitéis, provocad en vosotros la tristeza”. Un modo de provocar la tristeza es concentrar la atención en las amenazas que el Corán lanza al ser humano, así como la gravedad de los compromisos que reclama; junto a ello, el lector debe reconocer sus limitaciones, su incapacidad para cumplir con las exigencias del Corán; entonces, el lector sentirá inevitablemente tristeza y eso desencadenará su llanto. Ciertamente, la situación del ser humano ante el Corán es la más grande de las calamidades.

    Séptima:

    La atención debida a las exigencias de los versículos. Y, así, si pasa por un versículo que ordena o sugiere la realización de una prosternación, se le recomienda que la cumpla (igualmente está aconsejado hacerla si la oye recitar a otro y si este último se prosterna). Se le recomienda llevar la frente al suelo en esos casos sólo si está en estado de pureza (tahâra). En el Corán hay catorce versículos de este tipo (por ejemplo, el capítulo al-Haÿÿ hay dos casos, mientras que en Sâd no hay ninguno).

    El mínimo de una de esas prosternaciones (saÿda) consiste en llevar la frente hasta el suelo, pero el modo más completo es pronunciar primero el takbîr (Allâhu Ákbar) y llevar la frente al suelo invocando en esa postura en conformidad con el significado del versículo. Por ejemplo, si pasa por el versículo que dice: “Y cayeron prosternados y proclamaron la alabanza de su Señor, sin ninguna arrogancia”, puede decir durante su saÿda: “Allahumma, hazme ser de los que llevan la frente al suelo ante Ti por Ti, de los que proclaman tu alabanza. Y me cobijo en Ti para no ser del número de los arrogantes”. O bien, si recita: “Y se desploman sobre sus rostros llorando, y ello hace crecer su temor”, puede decir: “Allahumma, hazme ser de los que lloran en tu búsqueda, de los que te temen”. Y así en cada ocasión. Para la realización de esta prosternación se exigen las mismas condiciones del Salât: estar vestido, estar orientado hacia la Qibla, y que el cuerpo, la ropa que se lleve y el lugar en el que se efectúe estén libres de toda impureza inmaterial (hádaz) o material (jábaz). Si no se está en estado de pureza cuando se oye la recitación de un versículo de esta categoría, se debe realizar la prosternación después de realizar las abluciones.

    Se ha opinado también que la forma más perfecta de llevar a cabo estas prosternaciones es la siguiente: Pronunciar el takbîr levantando las manos en señal de tahrîm (acceso al recinto vedado), repetir el takbîr mientras se ejecuta el movimiento de descenso hasta llevar la frente al suelo, volver a pronunciar el takbîr al levantar la frente del suelo y saludar (el taslîm). Algunos han añadido el tasháhhud entre el último takbîr y el taslîm, pero no tienen más argumento que la analogía con el Salât, pero no debe ser tenido en consideración. Si durante el Salât el imâm recita un versículo de aquellos con los que se recomienda la realización de una saÿda, el oyente debe realizarla si la cumple el imâm, y en ningún caso debe realizarla por su propia lectura en una rak‘a de silencio si está haciendo el Salât en comunidad siguiendo a un imâm.

    Octava:

    Decir al comienzo de la lectura del Corán: a‘ûdzu billâhi s-samî‘i l-‘alîmi min ash-shaitâni r-raÿîm (me refugio en Allah que oye y sabe contra Shaytán el Lapidado), rábbi a‘ûdzu bíka min hamaçâti sh-shayâtîni wa a‘ûdzu bíka rábbi an yáhdurûn (Mi Señor, me refugio en Ti contra las murmuraciones de los shayâtîn, y me refugio en Ti, mi Señor, para que no acudan a mí), y después, recitar el capítulo de qul a‘ûdzu bi-rábbi n-nâs y la Fâtiha. Al acabar la recitación, el lector debe decir: sádaqa llâhu ta‘âlà wa bállaga rasûlu llâhi sallà llâhu ‘aláihi wa sállama (Allah es sincero, y su Mensajero -s.a.s.- ha trasmitido su Palabra), allâhumma nfa‘nâ bíh wa bârik lanâ fîh (Allahumma, haz que nos sirva de utilidad esta lectura y bendícenos en ella), al-hámdu lillâhi rábbi l-‘âlamîn wa astágfiru llâha l-háyya l-qayyûm (alabanza a Allah, Señor de los mundos; y pido perdón a Allah, el Viviente, el Subsistente).

    Igualmente, durante la lectura, si pasa por un versículo en el que se glorifique a Allah (tasbîh) debe glorificar y proclamar la grandeza de Allah (subhâna llâh allâhu ákbar); si pasa por un versículo que sea invocación (du‘â) o solicitud de perdón (istigfâr) debe invocar y pedir perdón; si pasa por un pasaje en el que se mencione algo deseable debe expresar ese deseo o si, por el contrario, el texto menciona algo aborrecible, debe cobijarse en Allah contra ello. Puede hacerlo en voz alta o en silencio. Hudzáifa dijo: “En cierta ocasión hice el Salât con el Profeta (s.a.s.) y comenzó recitando el capítulo de al-Báqara. No pasaba por ningún versículo en que se mencionara la misericordia de Allah sin solicitarla, ni por ningún versículo en que se mencionara el castigo de Allah que aguarda a los perversos e injustos sin que pidiera a Allah que le protegiera, ni pasaba por ningún versículo en que se describiera la perfección de Allah sin que lo glorificara”.

    Al finalizar la sesión de estudio, recitación y lectura del Corán, se debe pronunciar la invocación que realizaba el Profeta (s.a.s.) en ese caso: alláhumma rhamnî bil-qur’âni wa ÿ‘álhu lî imâman wa núran wa húdan wa rahma (Allahumma, apiádate de mí por el Corán, y hazlo ser imâm, luz, senda y misericordia para mí), alláhumma dzakkirnî minhu mâ nasîtu wa ‘allimnî minhu mâ ÿahiltu wa rçuqnî tilâwatahu â:nâa l-láili wa atrâfa n-nahâri wa ÿ‘alhu lî húÿÿatan yâ rábba l-‘âlamîn (Allahumma, hazme recordar de él lo que he olvidado, enséñame de él lo que aún ignoro, y provéeme con su lectura en el seno de la noche y los extremos del día (el amanecer y el atardecer), y hazlo ser un argumento en mi favor, oh Señor de los mundos).

    Novena:

    La lectura en voz alta. El recitador, al menos, debe oírse a sí mismo, pues la lectura consiste en la pronunciación de las letras diferenciando entre los sonidos. Como se ha señalado, la voz es indispensable siendo el mínimo que el lector se oiga a sí mismo (en caso contrario, por ejemplo, quedaría invalidado el Salât en el que se exige que la recitación sea hecha en voz alta). Hacerse oír por otros es considerado aconsejable desde un punto de vista y desaconsejable desde otro.

    Los partidarios de la lectura en silencio (qirâat al-isrâr) se apoyan en el hadiz en el que el Profeta dijo: “La lectura en secreto es mejor que la lectura en voz alta al igual que la generosidad discreta es mejor que la generosidad en público”, o, según otra versión: “El que pronuncia el Corán en voz alta es como el que hace gala de su generosidad y el que pronuncia el Corán en silencio es como el que es generoso en privado”. También se han atribuido al Profeta (s.a.s.) las siguientes palabras: “La acción en privado supera setenta veces a la que se hace en público”. Y dijo: “La mejor riqueza es la suficiente para la subsistencia, y la mejor Mención del Nombre es la invisible”. Una sentencia puesta en su boca dice: “No os hagáis oír los unos a los otros la recitación del Corán entre el Magreb y el ‘Ishâ”. Se cuenta que cierta noche Sa‘îd ibn al-Musîb oyó a ‘Umar ibn ‘Abd al-‘Açîç, príncipe de la ciudad y que más tarde sería califa, recitar el Corán en voz alta mientras hacía el Salât en la Mezquita del Profeta (s.a.s.). Entonces, Sa‘îd ordenó a su criado diciéndole: “Ve a ése que está haciendo el Salât y dile que baje la voz”. El criado le respondió: “La mezquita no nos pertenece, y ese hombre tiene derecho a lo que está haciendo”. Entonces, Sa‘îd se dirigió a ‘Umar desde lejos y le dijo: “¡Tú! Si busca a Allah, baja la voz. Y si lo que quieres es que la gente te oiga, que sepas que de nada te servirán ante Allah”. ‘Umar cayó y aligeró su Salât. Cuando acabó, recogió con humildad sus sandalias y se fue.

    Por el contrario, los partidarios de la recitación en voz alta (qirâat al-ÿahr, qirâat al-‘alânía) se apoyan en el hadiz en el que se cuenta que el Profeta (s.a.s.) escuchó pronunciar en voz alta el Corán a sus Compañeros en la mezquita y lo aprobó diciendo: “Cuando os levantéis para hacer el Salât en la noche, recitad el Corán en voz alta, pues los ángeles y los habitantes de la casa os escuchan y hacen con vosotros el Salât”. Se cuenta que en cierta ocasión el Profeta (s.a.s.) pasó junto a Abû Bakr que estaba recitando en silencio y le preguntó por qué lo hacía y él respondió: “Aquél al que me dirijo me oye”; luego pasó junto a ‘Umar, que lo hacía en voz alta, y le preguntó la razón, y le respondió: “Así despierto al dormido y espanto al demonio”; por último, pasó junto a Bilâl, que recitaba unos pasajes en voz alta y otros en silencio, y le preguntó lo mismo, y Bilâl respondió: “Mezclo lo bueno con lo bueno”; el Profeta (s.a.s.) finalmente les dijo: “Todos habéis acertado”.

    En realidad, las divergencias de opinión mencionadas se deben a las circunstancias. La lectura hecha en secreto es un arma contra la hipocresía, el fingimiento y la artificialidad, y es lo mejor en razón de quien teme caer en alguno de esos vicios. Por otra parte, la lectura en voz alta, si no se corre esos peligros ni se molesta a nadie, es mejor porque añade algo a la anterior, y es la virtud de la voz, además de poder servir de provecho a otros. La recitación en voz alta tiene otras ventajas como la de despertar el corazón, facilita la comprensión de lo que se está leyendo y permite su audición a otros. Además, ahuyenta el sueño y anima al perezoso. Si está presente cualquiera de estas intenciones, la recitación en voz alta es mejor. Si todas esas intenciones están presentes, el mérito de la lectura en voz alta es mayor. La abundancia de intenciones purifica al que realiza una acción y multiplica las recompensas de las que se hace acreedor. Si en un acto hay diez intenciones, se recibe por él diez recompensas. Por ello decimos que la recitación mirando el texto del Corán es mejor porque hasta mirar en el Libro es una devoción. Se dice que ‘Uzmân gastó dos ejemplares del Corán de tanto leer en ellos. Muchos de los Compañeros del Profeta (s.a.s.) preferían leer que recitar de memoria, y había entre ellos quienes no dejaban pasar un día sin realizar una lectura sobre el texto: detestaban estar sin mirar al Corán.

    Décima:

    Embellecimiento de la voz durante la lectura y recitación pausada (tartîl) con revisión de cada sonido sin alargamientos excesivos e inútiles o que alteren el texto.

    El Profeta (s.a.s.) dijo: “Adornad el Corán con vuestras voces”. Y también dijo: “Allah no autoriza tanto algo como el embellecer la voz durante la recitación del Corán”.. Y dijo: “No es de los nuestros quien no canta el Corán” (se ha dicho que el verbo empleado significa en realidad “tener suficiente”, es decir, “no es de los nuestros quien no tiene bastante con el Corán”, o bien “no es de los nuestros quien no es rico con el Corán”, que viene a ser lo mismo; pero la versión más correcta del verbo es la de “cantar”, “salmodiar”). En cierta ocasión, el Profeta (s.a.s.) estaba esperando a ‘Âisha y ella tardaba; cuando se presentó, le preguntó por la causa de su retraso, y ella le dijo: “He estado oyendo la recitación de un hombre, y jamás antes había oído una voz más hermosa”; entonces, el Profeta (s.a.s.) se levantó y fue a oír y estuvo mucho tiempo; cuando volvió, le dijo a ‘Aisha: “Se trata de Sâlim, el mawlà de Abû Hudzáifa. Doy gracias a Allah por haber puesto en mi Nación a alguien como él”. En otra ocasión, el Profeta (s.a.s.) escuchó a ‘Abd Allah ibn Mas‘ûd que recitaba el Corán para Abû Bakr y ‘Umar, quienes estuvieron detrás de él haciendo el Salât durante largo tiempo; el Profeta (s.a.s.) dijo: “Quien quiera oír la suavidad y belleza con la que el Corán me es revelado, que atienda a la lectura de Ibn Mas‘ûd”. En otro momento, el Profeta (s.a.s.) le pidió a Ibn Mas‘ûd que le recitara el Corán, quien le dijo: “¿Quieres que te recite el Corán cuando a ti es a quien ha sido revelado?”, y él le respondió: “Me gusta oírselo recitar a otro”; y así, pues, Ibn Mas‘ûd le recitó un pasaje, y contó que al Profeta (s.a.s.) se le inundaron los ojos de lágrimas. También oyó la recitación de Abû Mûsà, y le comentó a sus Compañeros que su voz era como la de David recitando los Salmos; le llegó la noticia a Abû Mûsà, quien acudió ante el Profeta (s.a.s.) y le dijo: “Si hubiese sabido que me estabas oyendo, hubiese adornado mi voz con una gran belleza”.. Háizam, el célebre recitador del Corán, vio ensueños al Profeta (s.a.s.), quien le preguntó: “¿Tú eres Háizam, el que adorna el Corán con su voz?”, y él respondió afirmativamente; entonces, el Profeta (s.a.s.) le dijo: “¡Allah te recompense con el bien!”. Los Compañeros del Profeta (s.a.s.) se reunían con frecuencia y solían pedir a alguno de ellos que recitara un capítulo del Corán; ‘Umar siempre se lo pedía a Abû Mûsá, diciéndole: “Haznos recordar a nuestro Señor”; y entonces se les pasaba el tiempo, y cuando alguien advertía que estaba a punto de acabar el plazo de algún Salât, le decía a ‘Umar: “Oh, príncipe, el Salât, el Salât”, y él respondía: “¿Acaso no estamos en estado de Salât?”, aludiendo con ello al versículo en el que Allah ha dicho: “El Recuerdo de Allah es lo más grande”.
    El Profeta (s.a.s.) dijo: “Quien escuche un versículo del Corán, será para él luz el Día de la Resurrección”. Si oír un versículo es luz, ¿cuál no será la recompensa que aguarda al que lo recita? Todo ello es así mientras no haya hipocresía, ni fingimiento ni artificialidad

  5. Moradas de los corazonesDe Abû-l-Hasan al-Nûrî de BagdadEn el nombre de Dios, el Compasivo, el Misericordioso. La alabanza a Dios, Señor de los mundos, yque su paz se extienda sobre Sus leales siervos y escogidos, y Su bendición sobre nuestro señorMuhammad, su familia, y todos sus compañeros.El Sheik Abû-l-Hasan al-Nûrî (que Dios se apiade de él) dijo: hay cuatro moradas en los corazones.Y esto es así porque Dios – enaltecido sea – dio al corazón cuatro nombres: pecho (sadr), corazón(qalb), corazón profundo (fu’âd), y corazón recóndito (lubb). El pecho (sadr) es la sede de lasumisión (islam), pues Dios –enaltecido sea- dejó dicho: “aquel a quien Dios ha abierto su pecho(sadr) al Islam…” (Corán 39,22). Y el corazón (qalb) es la sede de la fe, porque Dios –alabado sea-ha dicho: “Dios os ha hecho amar la fe y la ha embellecido en vuestros corazones (qulub)” (Corán49,7). Y el corazón profundo (fu’âd) es la sede de la gnosis, según Dios –enaltecido sea- dejódicho: “El corazón profundo (de Muhammad) no engaña (acerca) de lo que vio. ¿Dudaréis de élpor lo que ve? (Corán 53,11). Y, finalmente, el corazón recóndito (lubb) es la sede de laproclamación de la Unidad de Dios, según sabemos a través de la Palabra revelada –enaltecidasea- : “hay, ciertamente, signos para los dotados de entendimiento (lubâb)” (Corán 3,190).El corazón recóndito es la sede de la Unidad de Dios; el corazón profundo es la sede de la gnosis;el corazón (qalb) es la sede de la fe y el pecho es la sede de la sumisión (islam). Proclamar laUnidad de Dios implica afirmar que Dios (al Haqq: la verdad) trasciende tu propia percepción deÉl. Y la gnosis implica el conocimiento positivo de Dios a través de Sus excelsos atributos y de Susnombres supremamente hermosos. La fe, de otra parte, puede ser comparada con un collar querestringe el corazón, de manera que éste pueda a su vez restringirse de toda cosa –tanto dañinacomo beneficiosa- que no sea Dios mismo, alabado y enaltecido sea. Tener sumisión, por otraparte, implica supeditar todos los asuntos –tanto los interiores como los exteriores- a la voluntadde Dios, alabado y enaltecido sea.Estas luces (la iluminación que implica estos cuatro grados de conocimiento espiritual) moran enlo más secreto del alma de aquellos que proclaman la Unidad de Dios (tawhîd). Y la gnosis(ma’rifa) no es posible sin que se proclame la unidad de Dios; y la fe no es posible sin la gnosis; yla sumisión tampoco es posible sin la fe. De aquí se desprende que aquel que no proclama laUnidad de Dios no posee la gnosis; y aquel que no tiene gnosis no tiene fe; y aquel que no tiene fe no tiene sumisión; y aquel que no tiene sumisión no puede obtener beneficio de sus propiasbuenas obras, actos ni virtudes.La luz de la sumisión ilumina al siervo de Dios en lo concerniente a su fin último, ya que se lorecuerda repetidamente (zikr). Y la luz de la fe le permite guardar en su corazón las palabrasexteriores que recibe (en éxtasis); y la luz de la gnosis le recuerda (zikr) sus antecedentes; y laluz de la proclamación de la Unidad le revela la Verdad (al Haqq). Y la rememoración del finúltimo (del siervo de Dios) requiere la guía espiritual o gobierno del alma (nafs: alma sensitiva). Yel mantenimiento de las palabras exteriores recibidas en éxtasis en lo profundo del corazónrequiere el ejercicio espiritual (o pacificación) por parte del alma. Y la rememoración (zikr) delos antecedentes del siervo de Dios requiere la cuidosa guarda del corazón. Y su testimonio de lasverdades espirituales requiere lealtad a los derechos de Dios.De esta manera, gracias al gobierno de su alma, el siervo fiel obtiene la aceptación de Dios. Ycuando guarda su corazón obtiene la verificación experiencial de la Verdad; y a través delejercicio espiritual o pacificación del alma obtiene la ayuda de Dios, (que lo protege de caer enperdición); y gracias a la fidelidad llega a Dios mismo –alabado y enaltecido sea.El gobierno del alma la protege y le permite conocerse a sí misma. Y el ejercicio espiritualencamina al siervo de Dios hacia la educación de su alma y al dominio de sí mismo. Y la vigilancia(del alma) lo hace capaz de leer inscrita en su conciencia la justicia de Dios –enaltecido sea-. Y laobservación implica guardar los derechos del Señor en lo más recóndito de su conciencia intima.Y el cuidado (del alma) le impone al siervo el cumplimiento de sus pactos. Y la vigilanciaespiritual de su alma requiere la preservación de los límites prescritos. Y el ejercicio espiritual lepermite quedar satisfecho con la existencia. Y el gobierno del alma lo hace resignarse con loausente. Y éstos son todos los actos de veneración – tanto ocultos como manifiestos, exteriores einteriores – que Dios ha impuesto a Sus siervos.Descripción de la casa del corazón del creyenteDebes saber que Dios –enaltecido sea- creó una casa en el interior del creyente, que se llamacorazón (qalb). E hizo soplar en esta casa un viento que procede de Su generosidad, y con él lapurifica de la asociación, de la duda, de la hipocresía y de la discordia. Luego envió Dios a estacasa una nube procedente de Su gracia. Y al hacer que lloviera sobre la casa del corazón, hizoque distintas clases de plantas germinaran: las plantas de la certeza, las plantas de la confianza,las plantas del temor a Dios, las plantas de la esperanza y las plantas del amor. Entonces Dioscolocó en el fondo de la casa el diván de la Unidad, y extendió sobre el diván el tapiz de lasatisfacción. Luego plantó frente a la casa el árbol de la gnosis, cuyas raíces penetran el corazóndel creyente, mientras que sus ramas se extienden al cielo, llegando justamente debajo delTrono de Dios (Corán 14,24). Y Dios puso a la parte derecha (de este árbol) el diván, y, a su parteizquierda, un tálamo, formado por Sus leyes.Entonces abrió Dios (en la casa del corazón) una puerta que conduce al jardín de Su misericordia,donde ha plantado distintas especies de plantas aromáticas: plantas de alabanza, y planta deexaltación, y plantas de glorificación, y plantas de la rememoración de Dios. Entonces cerro estapuerta para evitar que le ocurriera daño alguno (al corazón del creyente), y guardó la llave, y nola confía a ninguna de Sus criaturas: ni siquiera a Gabriel, Miguel, Israfil, o a ningún otro.Entonces dijo el Señor – grande es Su Majestad- : “Éste es Mi tesoro sobre Mi tierra, el lugar de Mimirada y la mansión de Mi tawhîd (proclamación de Mi Unidad). Yo soy el que habita en estaMorada de refugio. ¡Qué bendito Morador y qué bendita Morada!”.Rememoración (zikr) de la bondad de DiosEn el corazón del creyente, que lo capacitaPara que pueda conocer a su Hacedor.
    Debes saber que Dios –enaltecido sea- puso siete cosas en el corazón del ser humano para queéste pudiera conocerle. La primera es la mansedumbre (linâ), con la que ha ablandado el corazónpara hacerlo maleable, tal como queda indicado: “(Al oír la revelación de la escritura) seestremecen quienes tienen miedo de su Señor; luego se calman en cuerpo y en espíritu alrecuerdo de Dios” (Corán 39,23). Entonces, luego de la mansedumbre, viene la expansión, segúnla palabra de Dios, enaltecido sea: “…aquel cuyo pecho Dios ha expandido al Islam camina en laluz que procede de su Señor.” (39,22). Es decir, aquel a quien Dios le ha expandido el corazón demanera que contenga toda la sabiduría que los cielos, la tierra y las montañas son incapaces decontener (33,72). Después viene la curación de la enfermedad, según la palabra de Dios,enaltecido sea: “(Dios curará (el resentimiento de) los pechos de la gente creyente” (9,14).Después viene la guía espiritual, pues ha dicho Dios: “Dios os ha hecho amar la fe, engalanándolaa vuestros corazones” (49,7). Luego está la tranquilidad (sakîna) y la quietud, que hace que elcorazón sólo encuentre sosiego en Él, según la palabra de Dios, enaltecido sea (48,4): “Él esquien hace descender la tranquilidad en el corazón de los creyentes…”. Finalmente, se encuentrala iluminación, como dice la palabra de Dios (24,35): “Dios dirige a Su luz a quien Él quiere”.Dios actúa en los corazones de sus enemigosPara que le nieguen.Y estas acciones de Dios en los corazones de Sus enemigos son siete…………………….
    http://es.scribd.com/doc/52952529/Las-Moradas-de-los-Corazones

  6. El continuo recuerdo de Dios (zekr)
    La Unicidad Absoluta posee fuerzas que, por medio de su Divinidad (Olohiyat), son transmitidas a todo lo creado; y cada criatura, de acuerdo a su aptitud y capacidad innatas, se beneficia de ellas. A las imágenes o a la manifestación de estas fuerzas o verdades se alude con palabras, tales como El Viviente, al-Hayy, que significa que la energía vital de toda la creación depende de Él; el Trascendente, al-‘Ali, que significa que la fuerza del universo le pertenece a Él. Es preciso aclarar que la mera repetición de los zekres, los Nombres divinos, sin la debida atención, en su sentido interior no da resultados eficaces. Durante la invocación de los Nombres divinos, es preciso concentrar todas las facultades en su significado y en su realidad.

    El maestro de la senda espiritual, para curar a su discípulo de las enfermedades o apetitos sensuales, le recomienda esta medicina conocida como zekr. Como hemos dicho anteriormente, la repetición de estos Nombres divinos sin la atención debida a su sentido, es absoluta idolatría y no conduce al discípulo a ningún sitio. El viajero debe, mediante el enfoque de su atención en la realidad interior de estos Nombres, purificarse, adornándose con los Atributos divinos.

    Magrebí dice:

    Durante tanto tiempo se sentó, cara a cara, el Amado
    con mi anhelante corazón,
    que éste se transformó del todo en Él.
    Sólo así, puede la invocación del Nombre divino con todas sus características ser llamada zekr, continuo recuerdo de Dios.

    El discípulo se asemeja a una máquina cuya energía viene de la devoción. Esta máquina, a través de la ayuda preciosa del zekr, transforma los apetitos sensuales en ética y en virtudes. De esta forma, poco a poco, los apetitos sensuales del viajero se reducen y se incrementan en él las virtudes, para así volverse, poco a poco, digno del jerqah, el manto espiritual, iluminándose su corazón y su alma con la gracia de la luz de los Atributos divinos. En este momento es cuando se hace merecedor de entrar en el círculo sagrado de los sufíes, conocido como La Taberna, (jarābāt). Este es el estado de quienes han alcanzado el anonadamiento del alma en Dios (fanā). En este estado el sufí percibe directamente los misterios de la Verdad Absoluta. Como dice el Qor’an: «Solo los puros pueden percibir la Verdad» (56,79). En el sufismo, los puros son llamados los seres perfectos.

    Para mostrar cómo se lleva a cabo la práctica del zekr, les voy a hablar de uno de los zekres, la frase: «La ellāha ellal-llāh» («No existe más Dios que Dios», o, «No hay otra Divinidad más que Dios»).

    El sufí, para comenzar este zekr, continuo recuerdo de Dios, se sienta con las piernas cruzadas, flexionadas horizontalmente, o sobre sus talones, la mano derecha descansando sobre el muslo izquierdo y la izquierda sobre la muñeca derecha. Sentado en esta posición, las manos y las piernas de la persona forman la figura «LA» (), adverbio de negación en árabe. De esta forma el sufí muestra su no-existencia frente al Bienamado. En este estado, el discípulo debe olvidarse de este mundo, del mundo del más allá y de sí mismo. La figura «LA» () empieza en el ombligo y termina alrededor del cuello, simbolizando así unas tijeras que cortan la cabeza de los apetitos y las pasiones. Luego, se ocupa en el recuerdo de Dios de la forma siguiente: pronunciando ellāha (más Dios), mueve la cabeza y el torso hacia la derecha, trazando un arco, que es llamado «el arco de la contingencia» (qos-e emkān). Con este movimiento el discípulo niega todo lo que no es Dios, y que en el sufismo se conoce con el nombre de emkān, lo contingente. En otras palabras, la expresión «lo que no es Dios», o, «otro que Dios», hace alusión a toda existencia efímera, limitada y posible, El ser humano enfocando la totalidad de su atención en lo contingente, no es capaz de percibir la Realidad absoluta.

    Luego, pronunciando ellal-llāh (que Dios), recorre, a la inversa, el mismo semicírculo moviendo la cabeza y el torso hacia la izquierda trazando otro arco que se llama, «el arco de lo Imprescindible» (qos-e woŷub). Con este movimiento, el discípulo manifiesta la existencia del Ser absoluto. Este zekr representa que todo lo creado está sujeto a la desaparición, a la aniquilación, y que lo único que es eterno es el Ser absoluto.

  7. EL CORAZÓN OJO Y TEMPLO

    La imaginación del alma parece algo inexistente,

    pero ¡contempla este mundo conducido por la imaginación!

    Guerra y paz, orgullo y tristeza, todos derivan de la imaginación.

    Pero las imágenes que cautivan a los santos

    reflejan las bellezas de rostro de luna del Jardín de Dios.

    Rumi

    La imaginación es el poder de transformación y la transición entre estados de existencia. Mediante la imagen creativa, las realidades invisibles pueden revestirse de formas visibles, los pensamientos y las emociones pueden manifestarse con palabras o números, y los objetos sensibles se pueden elevar a ideales transcendentales e inmateriales. Así pues, en el contexto de una tradición religiosa, la imaginación es el poder de transformación entre los niveles del cosmos, el poder de manifestar realidades divinas bajo formas terrenales, y de transmutar objetos físicos en arquetipos espirituales. Sin embargo, debido a esta profunda potencia, la imaginación conlleva también un carácter esencialmente dual y ambivalente. Se trata de un poder que puede ser utilizado tanto para el bien como para el mal: puede llevar al alma humano hacia lo más alto, elevando al ser humano hasta las imágenes del Espíritu puro y de la Divinidad; y puede arrastrar al alma hacia lo bajo, atrayéndola y haciéndola apegarse a las imágenes ilusorias del mundo, de la carne y de sus propios deseos egoístas. En resumen, puede decirse que hay una imaginación del ‘corazón’ —el verdadero centro espiritual e intelectual del hombre— y una imaginación de la «cabeza» —la psique y las fantasías engañosas de la mente humana limitada.

    En el mundo occidental contemporáneo, sin embargo, el término «imaginación» se reduce generalmente a una única dimensión, al nivel del pensamiento subjetivo y de las fantasías soñadoras de la psique individual. Los productos de la imaginación se consideran ilusiones «irreales» y se contraponen al mundo «real» de la materia y del hecho científico. Lamentablemente, en el mundo moderno, el aspecto más elevado y divino de la imaginación está olvidado por completo o incomprendido. En la visión moderna del mundo, se ha vaciado y desacralizado el universo hasta una abstracción fría, materialista, despojada de su contenido imaginal sagrado; y se ha reducido al propio ser humano a un organismo psico-físico, confinado a las fantasías huecas de su mente y de su ego.

    El hombre moderno necesita desesperadamente que se le recuerde que la imaginación también conlleva una realidad transcendental y objetiva, una realidad divina, tanto en el macrocosmos de la creación como en el microcosmos humano. Necesita que se le muestre como la imaginación, en las culturas tradicionalmente religiosas —y por supuesto también en el Occidente tradicional—, ha sido siempre un elemento vital en la comprensión del hombre, del cosmos y de la Divinidad. Se trata, de hecho, de una realidad universal y transhistórica, que presenta una estructura común en las culturas humanas más diversas. Aunque Occidente ha tenido su propia filosofía de la imaginación, con personas como Paracelso, Boehme y Blake, quizá deban buscarse en Oriente las enseñanzas más importantes y más completas; y quizá las doctrinas de la imaginación más elaboradas de todas son las del maestro sufí Ibn ′Arabi (1165-1240), y las de los maestros indotibetanos del Tantra budista (siglos VI a XIII). A pesar de sus considerables diferencias filosóficas y metafísicas, Ibn ′Arabi y el budismo tántrico han desarrollado doctrinas de la imaginación francamente parecidas. Lejos de considerarla como un mero poder ilusorio de la fantasía, se ve a la imaginación como un poder cósmico divino, el poder mismo creativo que se manifiesta en el universo. Y simultáneamente, la imaginación es un poder divino en el ser humano, el poder visionario del corazón, y el receptáculo, el «Templo», de la Presencia divina en el hombre.

    Tanto la tradición sufí como la del budismo tántrico han sido siempre conscientes de la naturaleza dual de la imaginación, pues ambas tradiciones giran alrededor de una Realidad Absoluta, absolutamente desprovista de imagen, inefable, inconcebible e inabarcable por cualquier imaginación. Por una parte, la imaginación es un velo engañoso, que recubre y oculta la Unicidad perfecta de la Esencia divina (lāhut), de la Nada (śūnyatā). Por otro lado, sin embargo, la imaginación es también el medio por el que se manifiesta y se revela esta Realidad Absoluta desprovista de imagen. En su aspecto positivo y divino, la imaginación es el órgano de la creación, el poder cosmogónico por el cual lo Uno se proyecta y emana el universo de las formas y la multiplicidad.

    Todo lo que ocurre en el macrocosmos del universo y en la emanación imaginal del mundo creado tiene su reflejo y su contrapartida en el microcosmos del ser humano. El hombre contiene en sí un espejo tanto de la Realidad Absoluta como del cosmos relativo; y tienen su reflejo en el alma humana, tanto la imaginación creativa divina, como la imaginación engañosa y negativa. En las tradiciones sufíes, como lo expresaron Avicena, Sohrawardi e Ibn ′Arabi, se cree que la imaginación tiene dos lados o «caras»; del mismo modo que el alma, la imaginación está situada como intermediario entre el mundo divino y el mundo físico, y puede dirigirse tanto hacia arriba como hacia abajo. Cuando se vuelve hacia la tierra y el ego humano ordinario, la imaginación se transforma negativamente hasta convertirse en «fantasía» humana egoísta. No es entonces más que la facultad ficticia y engañosa de la cabeza o de la mente. Sin embargo, cuando se vuelve hacia el cielo y el reino de las imágenes de lo Divino, puede transformarse positivamente para participar en la imaginación divina del mismo Dios. Es entonces el poder visionario del corazón —el lugar de las teofanías divinas y de las revelaciones.

    En la psicología budista tántrica se considera a la imaginación como una de las causas principales del engaño humano y del apego al mundo, pero al mismo tiempo como un vehículo básico para su salvación. De hecho, nuestro sufrimiento y nuestros conceptos autodestructivos del ego y del universo son en gran medida producto de nuestro propio engaño y de nuestra fantasía. Pero al mismo tiempo, la imaginación es un poder que puede ser hábilmente redirigido, canalizado e incluso usado como método. Si el yogui puede alejar su imaginación engañosa de su ego y del mundo ilusorio, puede transmutarla en una fuerza liberadora de meditación y de visualización creativa. En lugar de usar la imaginación para crear la ilusión del mundo fenoménico y del ser finito, puede usarla para des-crear o deshacer esas ilusiones y para retornar a la Realidad sin imagen.

    En su aspecto transcendente y divino, la imaginación se sitúa en el centro más profundo, en el núcleo, del ser humano. Se identifica con el órgano espiritual del corazón, no el órgano físico que la medicina moderna llama «corazón» sino el órgano central del ser humano total —cuerpo, alma y espíritu—, su raíz más interior y profunda. El corazón como órgano espiritual es ciertamente una de las enseñanzas más universales y más centrales en todas las tradiciones religiosas del mundo. Tanto en los Vedas, como en las tradiciones abrahámicas, o en las religiones chamanísticas arcaicas, el corazón se concibe como una facultad sutil de visión interior y de gnosis. Se experimenta con frecuencia al corazón como el «ojo» espiritual a través del cual el alma percibe la luz de Dios y por el que Dios ve, penetra e ilumina el alma. Es el poder de la unión visionaria con lo Divino.

    El corazón es esencialmente un órgano de conocimiento y de gnosis; sin embargo, en aquellas tradiciones que acentúan el poder de la imaginación, el corazón puede ser también un órgano para la visión creativa, imaginal, un poder de revelación imaginal. Como facultad de la intuición espiritual, el corazón se relaciona con el poder de la experiencia creativa, mediante la cual el alma «imagina» la forma de Dios, o mejor dicho, el lugar en el que Dios se revela al alma bajo una forma imaginal, epifánica. Así, en la tradición sufí de Ibn ′Arabi, el corazón (qalb) es el órgano del hemma, del poder visionario creativo.

    El corazón se convierte entonces en «Templo» de la Presencia divina, el tabernáculo de la Forma divina, que Ibn ′Arabi compara incluso con la sagrada Kaaba, «la casa más noble en el hombre de fe» (al-Fotuhāt III, 250,24).[1] Se transforma en «Templo místico de la Imaginación», el receptáculo perfecto de la Imagen divina, en el sentido más profundo del hadith qodsi: «Mi cielo y mi tierra no Me abarcan, pero sí Me abarca el corazón de mi siervo».

    La enseñanza de que el corazón es el órgano tanto de la gnosis intelectiva como de la visión imaginal, es bien conocida igualmente en las tradiciones indo-tibetanas desde sus comienzos más remotos. Desde los tiempos de los rsis védicos con su visión poética, siguiendo con las tradiciones de los Upanishad y del yoga, hasta las religiones clásicas hinduista y budista, los sabios indo-tibetanos han experimentado el corazón (hrdaya) como facultad de la percepción divina, creativa, como «el órgano con el que se puede ver lo que está vedado al ojo físico» (Gonda 1963, p. 276). Fueron conscientes del poder, originado en el corazón, del pratibhā, que es al mismo tiempo un poder de visión divina, de inspiración poética y de imaginación creativa.

    Nadie ha desarrollado más completamente el poder de la visión imaginal que las tradiciones tántricas indo-tibetanas, como por ejemplo las escuelas del Vajrayāna. En ellas, la ciencia del corazón da origen a un sistema preciso de meditación, a un uso de este órgano sutil para la transformación entre niveles de existencia. Como el propio reino de lo Imaginal, el corazón es el centro (chakra) psico-físico y espiritual que se sitúa en un punto intermedio entre la cabeza y los genitales, entre la mente y el cuerpo. Participa de, sintetiza e incluso transciende en cierto sentido ambos polos, la cabeza y el cuerpo; es el lugar de una «encarnación» visionaria de realidades transcendentes e invisibles, bajo formas visibles.

    Los maestros Vajrayāna, al igual que Ibn ′Arabi, comparan también el corazón con un «templo» o «altar» en el que se manifiestan las visiones divinas y las deidades. «Contiene el altar del fuego del sacrificio, cuya llama sagrada transforma y purifica, funde e integra los elementos de nuestra personalidad» (Govinda 1960, p. 183). Sobre este altar, en este templo, o «palacio», descienden las deidades y los poderes divinos, que se realizan finalmente en la consciencia misma del individuo. En el espacio del corazón, lo Absoluto y lo relativo, la vacuidad y la existencia samsárica, se encuentran y se reúnen, en un mundo intermedio imaginal de poder creativo y de libertad.

    El ojo del corazón, como lugar de las teofanías divinas, tiene el poder de transformar al hombre y al cosmos en una visión ideal, imaginal. Cuando la Imaginación divina se revela dentro del hombre, transmuta el cuerpo humano, la consciencia y el mundo fenoménico en una teofanía mágica; o más bien, transporta al hombre al reino de lo imaginal. Allí, en el plano de la Imaginación divina, el hombre se confronta, se realiza y se reunifica con su propio Ser ideal, su Ego celestial o Persona imaginal, como ha sido siempre en la mente de Dios, o en la consciencia de la Vacuidad.

    Ibn ′Arabi tuvo muchas de estas visiones imaginales y de estas revelaciones a lo largo de su vida, y en ellas el cosmos se abría para revelar su forma ideal en la Imaginación divina;[2] sin embargo, quizá la más grande de ellas fue la famosa visión que tuvo ante la Kaaba, en el año 598/1201. Después de recibir la orden divina de viajar a Oriente, el sheij hizo la peregrinación a la Meca y comenzó las circunvalaciones rituales de la sagrada Kaaba. Y ahí, en el lugar más sagrado del mundo musulmán, en el que es realmente el centro simbólico del cosmos, el sheij se encontró con un mensajero divino, un Ángel de Dios —una «Joven evanescente» de belleza y sabiduría destacables. De hecho, este Ángel, esta Joven, podría asociarse con el Espíritu Santo (ruh al-qods) o con el mismo arcángel Gabriel (Corbin 1969, p. 277). Si bien, finalmente, este personaje visionario no es otro que el propio guía espiritual y compañero del sheij, su «homólogo» transcendental en el reino de la imaginación. La Joven le dice: «Contempla el secreto del Templo antes de que se desvanezca; verás qué satisfacción le produce aquellos que giran procesionalmente alrededor de sus piedras» (al-Fotuhāt I.47). Y el sheij continúa su relato del encuentro místico con el Ángel:

    Le dije: «Fíjate en aquél que aspira a vivir en tu compañía y… a disfrutar de tu amistad». Por toda respuesta me dio a entender con un signo y con un enigma que siempre, sin excepción, se comunicaba con símbolos. «Cuando hayas aprendido, experimentado y entendido mi discurso con símbolos, sabrás que uno no los percibe como se percibe la elocuencia de los oradores…». Le dije: «… Enséñame tu vocabulario, iníciame en la clave que abre tus secretos, pues me gustaría hacer un pacto contigo» (Ibíd., p. 384).

    El sheij describe así una iniciación esotérica realizada por un maestro o guía angélico. Se trata de una visión arquetípica, que tiene lugar con símbolos y velos, pero que son formas universales —pues ocurre en el plano imaginal. Todos los símbolos de esta visión son arquetípicos por naturaleza: la piedra negra y el templo de la Kaaba, las circunvalaciones rituales, el guía espiritual, el conocimiento iniciático. Tomados como un todo, estos símbolos forman el dibujo de un mandala —esto es, una matriz centrada, circular, de experiencia visionaria y de sabiduría.

    Como tal, toda esta secuencia visionaria tiene muchos paralelismos llamativos con los diagramas mandala de los budistas tántricos. El mandala tántrico es básicamente un diagrama circular y simbólico utilizado en el proceso de visualización meditativa y de imaginación creativa; puede estar dibujado en el suelo con arenas de colores, pintado en una tela como herramienta de meditación, o puede generarse mentalmente, mediante el poder de la imaginación. Pero en cualquier caso, el mandala se basa en el arquetipo del Templo, un recinto central al que las deidades descienden y que el yogui «circunvala» imaginalmente. El mandala se utiliza ante todo en el proceso iniciático: es tanto un laberinto, a través del cual el iniciado debe viajar para alcanzar la sabiduría, como un altar secreto, sobre el que se une con la Divinidad. Y, como se ve, por ejemplo, en el mandala clásico de los cinco Dhyāni-Budas, se trata también de una matriz imaginal, de una figura visionaria diseñada para transformar y transmutar al propio buscador. Los Dhyāni-Budas son las cinco deidades fundamentales de la sabiduría y de la meditación: Aksobhya, Ratnasambhava, Amitābha, Amoghasiddhi y Vairocana; se sitúan en el este, el sur, el oeste, el norte y el centro del mandala, y representan la totalidad del espacio y la propia consciencia. Conforman una jerarquía de cinco niveles tanto en el macrocosmos del universo como en el microcosmos humano. El iniciado tántrico debe recorrer los cinco niveles de la sabiduría hasta alcanzar el corazón más íntimo de la existencia, y de su propio ser.

    El lugar de toda «teofanía» imaginal, y de toda transformación del hombre, es siempre el «Centro del mundo» simbólico, el corazón de toda realidad. Es el «Templo», el altar, donde lo Divino se manifestará bajo una forma visible y tangible. En el macrocosmos, este Centro puede ser una estructura física, la piedra negra de la Kaaba, un stūpa, o una montaña sagrada; pero en el microcosmos, es siempre el mismo, lo más íntimo del corazón del propio ser humano. Esta realidad es bastante explícita en la visión de Ibn ′Arabi: para su ojo místico, la Kaaba, es a la vez el lugar del «Polo», orientación celestial y eje vertical de la creación, y la Kaaba de su propio corazón. En el primer caso, cósmicamente, es el eje o punto de encuentro entre el hombre y Dios, el lugar de las visiones. Cuando el sheij hace sus circunvalaciones rituales alrededor de la Kaaba, está por tanto haciendo un viaje en el plano de la imaginación; está circulando alrededor del Centro del mundo, en el reino de las imágenes arquetípicas. Se trata de un giro celestial alrededor del Sol divino, su viaje espiral hacia lo interior y su Búsqueda del Amado.

    En su significado más profundo este Templo no es pues sólo el Centro y el corazón del cosmos, sino finalmente el corazón más íntimo del propio ser humano —esto es, el Templo del corazón fiel, del que se dice: «él solo puede albergar al Señor». Como dice la Joven mística al sheij: «El Templo que Me incluye es tu corazón» (al-Fotuhāt I. 50); pues «el “Templo” es el escenario de la teofanía, el corazón donde se representa el diálogo entre el enamorado y el Amado, y por ello este diálogo es la Oración de Dios» (Corbin 1969, p. 281). El Templo del corazón es finalmente el “espejo” puro y vacío del Hombre en el que Dios se revela Él a Sí mismo por toda la eternidad.

    El sheij, en su visión imaginal, gira en torno y hacia el Dios que habita en su propio corazón; éste es un viaje dentro de sí mismo, hacia la Divinidad inmanente, una peregrinación por el microcosmos. Como apunta Corbin, es muy significativo que el sheij circunvale la Kaaba «siete veces, los siete Atributos divinos de la perfección de los cuales se reviste sucesivamente el místico» (Ibíd.). Pues el siete es, de hecho, el número tradicional de los latā′ef místicos, los centros del cuerpo espiritual, descritos por muchos maestros sufíes. Aunque Ibn ′Arabi no habla aquí de los latā′ef, es probable, como lo sugiere Corbin, que aluda a su significado místico en esta circunvalación de siete vueltas. Según lo explicaron maestros como Naŷmo′d-Din Kobrā (m. 1220) y ′Alā′o′d-Dolah Semnāni (m. 1336), los latā′ef son centros psico-espirituales, y son los lugares de los niveles del microcosmos por los que se eleva el hombre. En este retorno a Dios, el buscador debe pasar a través de estas siete etapas, creciendo verticalmente a través del cuerpo sutil (qālabiya), el alma vital (nafsiya), el corazón (qalbiya), la superconsciencia (serriya), el espíritu (ruhiya), el “arcano” (jafiya) y el centro del Yo verdadero (haqqiya) (Corbin 1971, p. 221).[3]

    Por tanto, cuando Ibn ′Arabi realiza su viaje imaginal girando siete veces alrededor del Templo, está viajando hacia el interior, cruzando la jerarquía de siete niveles del propio microcosmos humano. Según gira el sheij alrededor del Templo del corazón, va pasando a la vez a través de los órganos del cuerpo sutil, y realiza el poder y la sabiduría asociados con cada uno de ellos. Éstas son las etapas sucesivas en el viaje hacia el Dios inmanente, los pasos que llevan hasta la entrada del corazón y hasta el Bienamado.

    En el mandala budista de los Dyāni-Budas, ambos aspectos del Templo, cósmico y microcósmico, se hacen quizá incluso más explícitos. Este diagrama, como todos los mandala tántricos, se basa en el diseño de los cinco legendarios stūpa, los túmulos relicarios de la antigua tradición budista. Y se basa, más allá incluso, en el antiguo diseño del Templo indio. Su forma en el centro es cuadrada y forma el “palacio” o “residencia”, que «representa el típico templo indio de cuatro lados» (Snellgrove 1987, p. 198). Al igual que la Kaaba en el Islam, este templo es claramente el «Centro del mundo», esto es, el centro simbólico de los anillos circulares que representan el macrocosmos, y que lo rodean. En este sentido, los cinco Dyāni-Budas no sólo se asocian con las cinco direcciones del espacio horizontal, sino también con los cinco niveles primarios del espacio vertical, esto es, con la jerarquía cósmica; constituída ésta por los cinco elementos básicos: tierra, agua, fuego, aire y éter, que se representan simbólicamente como un stūpa cósmico de cinco niveles, compuesto de un cuadrado, un círculo, un triángulo, un medio círculo, y una llama. Por tanto, visualizar el mandala en la meditación significa introducir un arquetipo imaginal del cosmos en su globalidad.

    Como Ibn ′Arabi, el yogui tántrico tiene que «circunvalar» el templo interior del mandala (si bien aquí, este movimiento circular tiene lugar enteramente en la meditación y en la visualización, tan sólo «en lo imaginal»). El yogui debe visualizar la residencia, las deidades y los poderes de su propio mandala, y debe viajar, usando la imaginación meditativa, alrededor y a través de este paisaje interior. En el mandala de los Dyāni-Budas, se trata de realizar un trayecto imaginal alrededor de los cuatro puntos del círculo exterior, que se corresponden con las cuatro direcciones del espacio, y finalmente un viaje interior hacia el centro del dibujo. Es por lo tanto una circunvalación meditativa que lleva al discípulo hacia y a través de cada una de las cinco Deidades y del poder asociado con ellas. Empezando por el este, con la figura azul de Absobhya, el iniciado se mueve en su imaginación en el sentido de las agujas del reloj alrededor del diagrama. Cruza progresivamente los reinos de Ratnasambhava, Amitabha, Amoghasiddhi, y finalmente se dirige hacia el mismo centro, el de la Deidad Vairocana. Y en esas etapas, afronta y realiza el color, el elemento, la facultad de consciencia y la sabiduría asociados específicamente con cada una de ellas. Su viaje es un viaje a través del macrocosmos en su globalidad, por las cuatro direcciones del espacio hacia la montaña central Meru, y por todos los diversos elementos y poderes del universo.

    El cuerpo humano mismo puede percibirse, con el ojo del corazón, en otro plano de existencia, en el reino de la imaginación, en su forma imaginal ideal. Se convierte entonces en cuerpo sutil luminoso y mágico, con su propia «fisiología» espiritual. Este cuerpo contiene cinco (o siete) centros de energía psico-física, los chakras, que se sitúan en los genitales, el vientre, el corazón, la garganta y el cerebro; en sánscrito, se llaman mulādhāra, manipura, anāhata, visuddha y sahasrāra (cf. Govinda 1960, p. 178ss).[4] Como Corbin, entre otros,[5] ha apuntado, hay muchas analogías entre el sistema de chakras indio y los latā′ef de los sufíes; ambos se basan en una visión imaginal del cuerpo humano en su estado arquetípico, tal como lo percibe el ojo del corazón.

    La visión del Templo imaginal o del mandala, la matriz de la imaginación, es esencialmente una iniciación a un nivel superior de conocimiento y de existencia. Se trata de una introducción esotérica en un plano diferente de existencia, y en una sabiduría y una realización ocultas en el corazón del discípulo. Como tal, esta visión imaginal debe contar con un guía, con un maestro espiritual, un ser con un conocimiento superior capaz de dirigir al iniciado hacia los misterios de lo imaginal. Para Ibn ′Arabi en su visión, el guía es el Ángel, la Joven evanescente, que se le aparece desde la piedra negra de la Kaaba. En este personaje está contenido el secreto del templo del corazón; pues es al mismo tiempo el Maestro celestial, el Guía espiritual, de Ibn ′Arabi y su propio homólogo más íntimo, el Ser, dentro de su corazón.

    Sin embargo, y exactamente del mismo modo en que el templo externo físico de la Kaaba es a la vez el Templo interior espiritual del corazón, así también el Guía celestial trascendente es a la vez el Guía inmanente del verdadero Ser del sheij. Ibn ′Arabi fue llevado tanto “hacia arriba” —hasta el mundo imaginal— como “hacia abajo” —hasta el centro más íntimo de la Kaaba mística en el corazón. Ahí se encuentra la imagen de Dios bajo forma humana: pero este personaje es al mismo tiempo la imagen del hombre en su Forma divina, esto es, el Hombre universal, espejo y reflejo de Dios. Se trata del compañero eterno del alma humana, su arquetipo divino, y en última instancia su verdadera naturaleza. De acuerdo con los grandes sufíes, como Semnāni, Sohrawardi y el propio Ibn ′Arabi, este Maestro espiritual, al igual que Jezr o que la Joven evanescente, es en realidad el «Jezr de tu ser», el centro verdadero del microcosmos humano.

    Este Guía es en definitiva el mismo homólogo celestial del alma, esto es, el Ser, el Espíritu que constituye la naturaleza verdadera del Hombre. Se trata de su «alter Ego», su «Yo celestial», su «Naturaleza perfecta» (Corbin 1978, p. 8); y por último, este Guía está incluso relacionado con el mismo «Ángel arquetípico de la humanidad (al que se identifica con el Espíritu Santo, con el arcángel Gabriel de la Revelación coránica, o con la Inteligencia activa de los filósofos seguidores de Avicena)» (Ibíd. p. 16). En este Guía celestial, el buscador encuentra su propio espejo y su imagen ideal, el verdadero arquetipo y el modelo de su ser, con el que debe estar unido e identificado. Bajo esa forma debe reconocer la Forma teofánica de Dios, la Forma imaginal que es a la vez la Imagen exterior de la Divinidad y la Esencia interior del hombre.

    Este personaje del guía, del gurú, del maestro, tanto en la tradición del budismo tántrico como en todas las tradiciones yóguicas de la India, es fundamental para cualquier desarrollo espiritual verdadero. Y en el mandala de los cinco Dyāni-Budas, el gurú asume un papel muy similar al que asume el guía espiritual de Ibn ′Arabi. Todas las escuelas budistas coinciden en la necesidad de un gurú, o de un lama, para la dirección y la iniciación esotérica en el camino a la iluminación e insisten sobre la «absoluta necesidad de una devoción total hacia aquel al que uno elige como profesor o maestro» (Snellgrove 1987, p. 176). Para el discípulo, el gurú es la encarnación y la manifestación de esa sabiduría, esa Divinidad o ese poder cósmico representado por el mandala. Él es la imagen de ese dios, o de esa fuerza, y de su gnosis que es el sujeto de la iniciación al mandala.

    Existe, sin embargo, también una relación más honda y más profunda entre el gurú tántrico y su discípulo. Hay, incluso, una identidad íntima entre ambos, una unidad esotérica entre maestro e iniciado, y en último término, entre la Divinidad y la humanidad. El discípulo debe abandonarse completamente en las manos del gurú —hasta el punto de prestarse a que el gurú le moldee, actúe a través de él, y llegue finalmente a estar totalmente identificado con él.

    Gradualmente, a medida que el gurú va conformando al discípulo, y que éste va progresando hacia la perfección yóguica, maestro y discípulo acaban por estar identificados, como el espejo y la imagen. Al igual que Ibn ′Arabi con su guía espiritual, el iniciado y su maestro se corresponden el uno con el otro, el buscador con su «Naturaleza verdadera», o el yogui con su Homólogo divino, con su Forma deificada. En este sentido, el gurú representa esa verdadera Divinidad que reside en el interior del corazón del propio discípulo. No es más que la expresión externa de esa Divinidad, esa Esencia de diamante, que reside en el mandala interior, en el Templo del corazón. En palabras del poeta Saraha:

    «Aquellos que no beben sin discutir la ambrosía de las instrucciones de su maestro, mueren de sed en el desierto de los múltiples tratados. Abandona el pensamiento y la cavilación y sé sólo como un niño. Sé devoto a las enseñanzas de tu maestro y lo Innato se volverá manifiesto» (Snellgrove 1987, p. 180).

    Tanto para los sufíes como para los budistas, la visión imaginal y la iniciación requieren un tipo particular de “guía imaginal”, o sea, un maestro espiritual relacionado interiormente tanto con la Divinidad como con la verdadera naturaleza del discípulo. El maestro reviste, desde este punto de vista, una “forma imaginal” que sirve como puente entre niveles de realidad, entre el Cielo y la Tierra, entre el nirvāna y el samsāra; se trata de la unificación de Dios con el hombre en el plano de la Imaginación.

    En el Templo del corazón, el Ser Divino y el alma humana se encuentran y se reunifican, como la conjunción de la Imagen con el espejo, de la Forma divina con su reflejo en el hombre. La Imagen teofánica de Dios, en la visión de Ibn ′Arabi, aparece desde la piedra negra de la Kaaba, le habla, y le invita con señas a penetrar en los misterios del templo. Le llama a la unión mística entre el hombre y Dios, que sólo puede ocurrir dentro de lo más íntimo del santuario del corazón. Aquí, todo lo que es meramente humano e individual en el hombre debe ser destruido y barrido; todo lo que es meramente “ego” y ser finito debe morir en el anonadamiento (fanā’), de forma que la Imagen divina y el reflejo del Ser divino puedan permanecer en la subsistencia (baqā’). El ser humano debe ser retornado a su estado original como espejo puro y vacío de Dios, a su prístina claridad como Hombre universal (al-ensāno′l-kāmel), que no es otra cosa que el reflejo y la manifestación del Amado a Sí mismo.

    «Es como la luz que se proyecta a través de la sombra, una sombra que no es otra cosa que la pantalla [para la luz] y que es luminosa por su propia transparencia. Así también es el hombre que ha realizado la Verdad; en él, la forma de la Verdad, surat al-haqq [la Imagen divina], … se manifiesta directamente… Pues están entre nosotros aquellos para quienes Dios es su oído, su vista, sus facultades y sus órganos…» (Fosus al-hikam; Nasr 1976, p. 115).

    El corazón del hombre se convierte entonces en el espejo puro y vacío en el que Dios se manifiesta a Sí mismo; es el Templo en el que Dios se “imagina” a Sí mismo, proyectando su propia Imagen dentro del alma humana, y admirando el reflejo que vuelve otra vez hacia Él. Pues Él es tanto “El que contempla” como “El contemplado”, “El que imagina” y la “Imagen”. En la forma imaginal del ángel en el corazón, el hombre y Dios se reúnen por el poder de intermediación de las imágenes; «Dios es el espejo en el que te ves a ti mismo, y tú eres Su espejo, en el que Él contempla sus Nombres y los principios de éstos» (Fosus; Nasr 1976, p. 116).

    Aunque el budismo es, por supuesto, muy diferente teológicamente del sufismo, y si bien los budistas niegan la existencia de una única Deidad personal y absoluta, el proceso de unión y de divinización en el mandala del budismo tántrico es asombrosamente similar. El mandala de los Dhyāni-Budas también implica una identificación con la Deidad que habita en el Templo central del dibujo; y también en él se alcanza esa identidad mediante el poder de la imaginación. A medida que el yogui viaja, en la meditación imaginal, alrededor del diagrama del mandala, y conforme se aproxima y penetra en el palacio más interior del dibujo, debe conseguir una unión esotérica con la Forma divina que se halla en el interior. Sin embargo, esa unión requiere que el iniciado se vacíe primero y transcienda su ego ordinario, su ser finito y su consciencia. De modo que a cualquier “yoga de deidad” —por ejemplo, una meditación sobre una divinidad y la unión con ella— le precede un “yoga de vacuidad” —meditación sobre la naturaleza vacía del mundo ordinario y del ego. De acuerdo con Tsongka′pa:

    «Al contemplar la “apariencia especial” de la residencia formada por la mansión divina y sus residentes… uno anula las apariencias ordinarias… al contemplar pensando con certidumbre “yo soy Aksobhya”, etc… uno anula su ego ordinario… la contemplación del Ego del mandala [es] un antídoto para el ego ordinario de uno mismo…» (Beyer 1973, p. 77).

    Entonces, una vez que se da cuenta de la vacuidad del ser ordinario, el yogui renace en el Ser imaginal de la Deidad, en el Cuerpo mágico puro de Vajrasattva. Deja entonces de actuar desde el egoísmo y el deseo, y lo hace desde la Sabiduría divina y la Compasión de la Nada: «El yoga de deidad implica pues que la mente se dé cuenta de la Vacuidad… para aparecer como una deidad, por compasión, para ayudar a los demás» (Hopkins 1985, p. 162). Esta Forma imaginal es la Naturaleza verdadera del yogui, la fusión real de la Vacuidad y de la Consciencia luminosa en el espacio del corazón, que es la esencia de la Realidad absoluta. Y se trata de un intermediario imaginal, de un puente entre lo Absoluto y el mundo, nirvāna y samsāra, que permite al yogui actuar desde la compasión y la Sabiduría del corazón, incluso en el reino ilusorio de māyā.

    * * *

    Por supuesto, las enseñanzas sobre la imaginación y sobre el corazón en las tradiciones sufí y tántrica son mucho más amplias de lo que se puede tratar en el breve marco de un artículo; tan sólo esperamos haber perfilado las principales doctrinas, y haber mostrado algunas de las semejanzas más destacadas. Podemos en cualquier caso, incluso con esta corta discusión, ver como la imaginación tiene una transcendencia mucho más profunda y universal de la que se le reconoce generalmente en nuestros días en Occidente. La imaginación es un poder objetivo y muy real, que transciende ampliamente las facultades ordinarias subjetivas y humanas de la fantasía y del sueño; es más real, de hecho, que el propio mundo físico ordinario, pues se relaciona con un plano ontológico más elevado de existencia. En último término, la imaginación en el sufismo y en el budismo tántrico representa una prueba convincente de la “unidad transcendente de las religiones” como lo proclaman grandes místicos como Ŷalālo′d-Din Rumi y William Blake; pues estas dos tradiciones religiosas son la expresión, en palabras de Hallāŷ, de «un principio único con numerosas ramificaciones». Quizá reflexionando sobre las enseñanzas del corazón en estas dos tradiciones, se le podría recordar al hombre occidental la naturaleza y la condición verdaderas del mundo creado que le rodea; y podría entonces darse cuenta de que el universo no es un mero conjunto físico de hechos empíricos cuantificables, ni el ser humano tan sólo un cerebro racional en un amasijo físico de carne y sangre. Este universo es más bien un producto mágico de la Imaginación divina, una ilusión asombrosa que emana de la gran Mente; y el poder de penetrar y de transcender esta ilusión se halla en el ser humano —no en las fantasías huecas ni en las abstracciones racionales del cerebro, sino en la libertad creativa y en la visión imaginal del corazón.

  8. As Salam Aleikum

    Una verdadera bendición haber tenido a nuestro Sheikh Ahmed Dede en Madrid éste Jueves.

    ¡¡¡¡¡¡Había verdadera Baraka!!!!

    Esta mañana estaba pensando en el amor al Profeta Muhammad (saw). Sheikh Hisham Kabbani nos dice que para llegar al amor de Allah tenemos que pasar por el amor a Muhammad (saw).

    Este amor brota naturalmente de mi corazón cuando pienso que gracias a Allah y a él tenemos la bendición de tener entre nosotros a Maestros como Ahmed Dede, y poder vivir el milagro de encontranos tantos buscadores en los Dikr, esos oásis en medio del asfixiante entorno del desierto del dunia.

    ¡¡¡¡Que Dios los bendiga a todos!!!!

  9. Salam

    recien acabo de ver este, para ser conocedor sólo eres muy de Ahmed Dede y muy defensor de esto, más que de las otras cosas que conoces de hinduismo y budismo…..pues todo desde la puereza del corazón es lo mismo, también hay santos hindu que sólo adoraran a dios..y enseñan la luz del camino, guian a sus discípulos y siempre tienen un oído en sus corazones para saber Haqq, que no es la del interes de una casta o poder, Haqq de Allah

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