Milagro y diker en Toledo

Hoy es viernes y estoy exhausto. Me dirijo al monasterio de los carmelitas descalzos para llevar el primer diker “regular” naqshbandi que se celebrará en Toledo. Menuda responsabilidad. No sé ni si seré capaz de llegar al edificio, estoy tan cansado que apenas puedo caminar. Qué caray, estoy tan cansado que apenas puedo pensar, como para ponerme ahora a dar un sohbet.

Me veo desbordado por todas partes. Llevo una semana currando en mi nuevo, flamante y super-estresante trabajo en la cadena de televisión saudí “Córdoba Internacional TV”. 9 horas largas cada día más 3 de atasco. Además, sigo recibiendo a mis pacientes, publicando en la web, escribiendo mi libro, asistiendo, o dirigiendo los diker, visitando a la familia y cumpliendo con las prácticas naqshbandis. O sea, que esta semana, menos dormir, he hecho de todo.

Voy pensando que tenía que haber escuchado a Firdausiyah, la organizadora, cuando me sugirió que canceláramos el evento porque se había caído la gente y al final sólo serían dos. Pero me acordé de que Mawlana (qas) me dijo que hiciera los diker aunque sólo fuera una persona. Así que, haciendo de tripas corazón, nada más acabar mi jornada recojo a mi mujer en Alcorcón y me planto en Toledo sin pasar por casilla de salida.

Si alguien me dijera que estoy a punto de sufrir una de las pruebas más fuertes que he tenido hasta ahora llevando un diker, creo que me habría dado media vuelta. Por suerte, aún no sabía ni la prueba que iba a tener ni que acabaría viviendo un milagro en carne propia.

Cuando llego al monasterio, primera sorpresa y primer regalo, al final no somos dos, sino ocho (todos nuevos, menos Muhammad de Toledo). AlhamdulilLah. Me alegra poder compartir el diker con más gente.

Tito, el padre prior, nos sube a una sala enorme con una impresionante vista del Toledo nocturno. Vemos el Alcázar iluminado flotando majestuoso sobre esa arquitectura intrincada y bella, como un laberinto de piedra. A la derecha, la Puerta Bisagra parece la entrada a un paraíso antiguo de calles estrechas, viejas mezquitas, abadías y monasterios llenos de historia. Nos sobrecogemos ante tanta belleza. Toledo, desde aquí, parece una medina celeste y medieval.

Después de las presentaciones, nos sentamos haciendo un círculo que apenas ocupa una esquinita de la sala. Ponemos una foto de Mawlana (qas) y, como siempre, me pregunto si seré capaz de hacer o decir algo que merezca la pena. Gracias a Dios y a la barakah de Mawlana, enseguida la magia empieza a funcionar. Y baja una lluvia de inspiraciones y bendición.

Hablamos sobre el diker, el sufismo, el Islam y el mantra “la ilaha illaLlah”; y vamos recitando (y recordando) mientras sube la intensidad, hasta que el diker nos envuelve con suavidad, nos abraza y nos embriaga.

Pronto nos levantamos, borrachos de amor, para hacer un hadrah. Giramos, cantamos, danzamos y nos ponemos a dar saltos de pura alegría. Hacemos una du’a (petición) final y cerramos el diker, quedándonos un instante en silencio, saboreando la dulzura del encuentro.

Observo a los asistentes. Brillan sus ojos y brillan sus almas. El espacio está lleno de ángeles. Doy gracias a Mawlana (qas) por darme un poco de su bendita conexión y por abrir esta puerta hacia los cielos.

Luego, vamos volviendo al mundo. Servimos tortillas y dulces. Y empiezan las despedidas.

Y entonces ocurre. Justo cuando creía que todo había acabado, empieza la prueba de verdad.

¡Y vaya prueba, con perdón, en la que me mete Mawlana (qas)!

Llaman a la puerta de la sala. Qué extraño, ¿será alguno de los frailes que viene a echarnos o a despedirnos? No. Es Hannele, una monja carmelita, ecuménica, interreligiosa y finlandesa.

Hannele nos explica que ella y su grupo volverán a Finlancia al día siguiente. Ésta es la última noche que pasan en Toledo y, por “casualidad”, Tito, el padre prior, les ha explicado que el grupo sufí estaba allí.

No parece que sea ningún problema, ¿verdad? Al menos no hasta que entran unas treinta monjas finlandesas (sí, sí ¡TREINTA!) con la firme (y para mí, aterradora) intención de participar en un Diker Naqshbandi. ¡Y, además, no hablan ni una palabra de español!

Me quedo tieso. Qué digo tieso. ¡Me quedo tieso, flipado, abrumado, alucinado, atontado, anonadado…! Sólo llevo unos meses dirigiendo diker y nunca en mi vida lo he hecho para tanta gente. Y estoy tan agotado que tengo que poner toda mi atención para parpadear sin equivocarme. Y, por si fuera poco, no sé hablar inglés. De pronto me siento como en “Sólo ante el Peligro”. Soy yo contra el mundo. Y el mundo en este caso es un grupo de treinta monjas carmelitas, ecuménicas, interreligiosas y finlandesas. Menuda papeleta.

Mientras intento reponerme, veo que las monjas se sientan en círculo ocupando casi todas las sillas de la enorme sala que ahora parece minúscula. Y yo me quedó ahí, de pie, con cara de tonto, sin saber qué hacer ni qué decir. Vaya por Dios, con lo que bien que iba todo hasta ahora…

La expectación es enorme y noto cómo me presiona. Respiro hondo, procuro relajarme, pero el peso de tantas miradas fijas sobre mí no me ayuda precisamente a conseguirlo.

Y, ¿qué hago yo ahora? Yo sé que no puedo hacer nada, excepto “rábita”, es decir, pedir la ayuda espiritual de mi maestro. Él me dará la guía que necesito porque yo me siento totalmente sobrepasado por la situación. Así que recito “ BismilLah irRahman IrRahim. Meded, Meded Mawlana, Meded ya Saydi, Meded ya Sultan, Dastur Mawlana, Meded Sheij Nazim effendi”…

…E inmediatamente, alhamdulilLah, me viene una inspiración clara, casi podría decir que me hiere como un rayo, y me veo a mí mismo, como desde fuera, dando un Sohbet en perfecto inglés, explicando de una manera precisa y poética qué es el diker y qué es el camino sufí…

Ni yo mismo puedo creer lo que está pasando. Además siento con claridad y certeza que el mensaje viene de arriba y que está dando en la diana del corazón de cada una de las monjas. SubhanlLah.

Tengo la impresión de que todo el inglés que he aprendido en mi vida es justo el necesario para este momento y que el sohbet se va descargando como si yo estuviera conectado a un wi-fi celestial. Soy muy consciente de que estoy viviendo un milagro real y en primera persona. Yo no hago nada, sólo observo cómo todo lo que tiene que ocurrir, simplemente, ocurre.

Acabo la charla y hacemos un diker y un hadrah. Las cincuenta monjitas se levantan, se mueven, recitan, saltan y elevan sus oraciones y sus corazones. Ninguna se queda fuera. Las bendiciones bajan en oleadas dulces y las monjas siguen saltando mientras yo giro en el centro, danzo y canto fuera de mí.

Y veo a Mawlana sembrando un rayito de luz o una semilla en el corazón de cada una de ellas. Una bendición que no florecerá hasta que estén en Finlandia. ¡MashalLah! Qué generosidad sin límite. Tengo la certeza de que todas ellas, sin saberlo, han sido aceptadas en los océanos de Mawlana.

Al acabar, se van todas menos Hannele, que nos hace algunos regalos y se va a dormir visiblemente emocionada. Nosotros, el grupito de españoles, hacemos lo único que podemos hacer en esa situación, alucinar y acabarnos la tortilla.

AlhamdulilLah wa SucrulilLah

Y Allah sabe más.

Sobre Shihabuddin

Psicólogo y escritor. Practicante del sufismo en la tariqat naqshbandi.